El médico que cruzó el Atlántico: La vida de Narciso Rabell Ribas
Fuente: manuscrito inédito por Manuel Jesús Rabell‑Méndez (Juris Doctor)
I. Introducción
Hay vidas que parecen tender puentes entre mundos. La de Narciso Rabell Ribas, médico catalán del siglo XIX, es una de ellas. Nacido entre montañas mediterráneas y criado en una masía de piedra, terminó ejerciendo su profesión en un pueblo remoto de Puerto Rico, donde dejó una huella que aún hoy se recuerda.
Su historia —recuperada con paciencia y afecto por su bisnieto, Manuel Jesús Rabell‑Méndez— es la de un joven que cruzó el océano con un título recién obtenido, un maletín de médico y una voluntad férrea de servir.
II. Orígenes familiares en Cataluña
Narciso nació en Sant Feliu de Guíxols en 1836, en una familia de campesinos prósperos que trabajaba la tierra en la finca conocida como Can Rabell. Era un hogar donde el esfuerzo era ley, pero también donde se valoraba la educación.
Entre sus hermanos destacaba Vicente, quien también seguiría la senda de la medicina. La vocación sanitaria parecía correr por las venas de los Rabell.
III. Formación académica
Desde joven, Narciso mostró una inclinación clara por el estudio. Pasó por colegios de prestigio en Barcelona y Gerona, y a los 22 años ya había obtenido el Bachillerato en Filosofía.
Su verdadera pasión, sin embargo, era la medicina. En la Universidad de Barcelona, entre anfiteatros, cadáveres de estudio y largas noches de lectura, completó su formación. En 1864, con apenas 28 años, recibió el título de Licenciado en Medicina.
Vivía en la Plaza Real, un lugar vibrante, lleno de cafés, comercios y estudiantes. A pocas calles, en el Hospital de la Santa Cruz, aprendió el oficio que lo acompañaría hasta el final de sus días.
IV. Emigración a Puerto Rico
En 1865, Narciso tomó una decisión que cambiaría su destino: emigrar a Puerto Rico. No era raro que jóvenes profesionales catalanes buscaran oportunidades en el Caribe, pero su caso fue especial.
Llegó a San Sebastián de las Vegas del Pepino, un pueblo agrícola rodeado de montañas, cafetales y caminos de tierra. Allí, la medicina era más una lucha diaria que una ciencia organizada. No había hospital, y los recursos eran escasos.
Pero Narciso se adaptó. Y sirvió.
V. San Sebastián en el siglo XIX
El Pepino era un lugar en plena transformación. La economía giraba en torno al café, la caña y el algodón. Muchas familias venezolanas, exiliadas tras la guerra de independencia, habían encontrado allí un nuevo hogar y contribuido al auge agrícola.
Era un pueblo pequeño, pero lleno de vida. Y Narciso se convirtió rápidamente en una figura indispensable.
VI. Matrimonio con Elvira Cabrero Echeandía
En 1868, Narciso se casó con Elvira (Viva) Cabrero Echeandía, una joven de 20 años perteneciente a una familia de hacendados y comerciantes. Los Cabrero habían llegado desde Venezuela décadas antes, huyendo de la guerra, y habían logrado reconstruir su fortuna en San Sebastián.
Elvira era fuerte, inteligente y profundamente arraigada a su comunidad. Su unión con Narciso no solo fue un matrimonio, sino también un puente entre dos mundos: el del médico inmigrante y el de la élite cafetalera local.
VII. Ejercicio profesional en San Sebastián
Durante nueve años, Narciso fue el médico titular del Pepino. Atendía partos, epidemias, accidentes, heridas de machete y enfermedades tropicales.
En 1868, durante el Grito de Lares, le tocó atender a heridos del asalto a San Sebastián. Su labor quedó registrada en la prensa oficial de la época.
Era un médico rural en el sentido más pleno: caminaba largas distancias, cruzaba ríos, subía montañas y llegaba a casas donde la medicina era un lujo y la esperanza, un acto de fe.
VIII. Viaje a Europa
En 1872, Narciso viajó a Europa acompañado por su cuñado Severiano Cabrero y su amigo José Antonio Daubón. Recorrieron Londres, París, Burdeos y el País Vasco.
Fue un viaje de reencuentro con sus raíces y de exposición a los avances médicos del continente. Daubón dejó constancia escrita de la travesía, que hoy sirve como testimonio de aquella aventura.
IX. Enfermedad, muerte y sepultura
Poco después de su regreso, Narciso enfermó gravemente. Decidió viajar a Santander para tratarse, acompañado por su hermano Salvi. Allí falleció alrededor del 14 de junio de 1874, con apenas 38 años.
Sus restos fueron trasladados luego a su pueblo natal, donde reposan en un panteón familiar diseñado por el escultor Rafael Atché i Farré.
X. La viuda Elvira y la continuidad familiar
Elvira quedó viuda a los 27 años, con tres hijos pequeños. Su fortaleza fue admirable. Arropada por su familia, mantuvo unido el hogar y aseguró que sus hijos crecieran con educación y propósito.
Su hijo menor, Narciso Rabell Cabrero, heredó la vocación sanitaria y fundó la Farmacia Rabell, institución histórica del Pepino.
XI. Descendencia médica y farmacéutica
La semilla que Narciso sembró no se perdió. Su descendencia incluye médicos, farmacéuticos y servidores públicos que han marcado la historia de San Sebastián y Puerto Rico.
La Farmacia Rabell, en particular, se convirtió en un símbolo de continuidad y servicio.
XII. Reflexión final
La vida de Narciso Rabell Ribas es la historia de un joven que cruzó el océano para ejercer su vocación en un lugar remoto, y que terminó dejando un legado que perdura más de un siglo después.
Es también la historia de una familia —los Rabell y los Cabrero— que entrelazó sus destinos para construir comunidad, servicio y memoria.
Y es, finalmente, un recordatorio de que la historia de Puerto Rico está hecha también de vidas que llegaron desde lejos, pero que aquí encontraron su hogar definitivo.
Elvira Cabrero Echeandía, la heredera del café y el corazón del linaje Rabell‑Cabrero
En la historia de Narciso Rabell Ribas hay una figura que, aunque a veces queda en segundo plano, sostiene silenciosamente el entramado familiar y emocional de toda la narrativa: Elvira (Viva) Cabrero Echeandía, su esposa.
Si Narciso representa el viaje, la vocación y el servicio, Elvira encarna la tierra, la permanencia y la continuidad. Su vida, tal como la reconstruye con detalle y cariño Gualberto Rabell Fernández en su libro inédito, es la historia de una mujer nacida en el cruce de dos mundos: el Puerto Rico cafetalero del siglo XIX y la memoria viva de una Venezuela convulsa que su familia dejó atrás.
Hija de un exilio y de una reconstrucción
Elvira nació el 28 de marzo de 1847 en San Sebastián, pero su historia comienza mucho antes, en 1821 o 1822, cuando sus padres —Andrés Cabrero Escovedo y Manuela Evarista Echeandía Mendoza— llegaron a Puerto Rico huyendo de la guerra de independencia venezolana.
Habían dejado atrás haciendas, propiedades y una vida establecida. Llegaron como exiliados, pero no como derrotados. Con trabajo, visión y disciplina, reconstruyeron su fortuna en el Pepino, convirtiéndose en una de las familias más prósperas del municipio.
La élite cafetalera del Pepino
Los Cabrero no solo recuperaron lo perdido: prosperaron. Para cuando Elvira llegó a la adultez, su familia era dueña de:
fincas agrícolas y ganaderas,
la Casa Cabrero, un almacén comercial que abastecía al pueblo,
y una posición sólida dentro de la élite cafetalera de San Sebastián.
Sus hermanos, Manuel Joaquín y Severiano Cabrero Echeandía, administraban las haciendas con habilidad y visión empresarial. Eran hombres de su tiempo: agricultores, comerciantes, líderes locales. Su presencia aparece en documentos históricos del siglo XIX, testimonio de su influencia en la economía del Pepino.
En ese ambiente de trabajo, prosperidad y responsabilidad comunitaria creció Elvira.
El encuentro con Narciso
Cuando Narciso Rabell Ribas llegó al Pepino en 1865, encontró un pueblo vibrante, una comunidad en crecimiento… y a una joven mujer que representaba lo mejor de esa tierra.
El 29 de enero de 1868, Narciso y Elvira se casaron. Él tenía 32 años; ella, 20. Su unión fue más que un matrimonio: fue la convergencia de dos historias migratorias —una catalana, otra venezolana— que encontraron en Puerto Rico un punto de encuentro y un futuro compartido.
El carácter de Elvira según Gualberto
Aunque el manuscrito de Manuel Jesús Rabell‑Méndez no reproduce íntegramente la narración de Gualberto, sí deja claro que este dedica un espacio amplio a describir a Elvira como una mujer de carácter firme, matriarca en el sentido más pleno, administradora hábil de bienes y relaciones familiares y figura central en la continuidad del linaje Rabell‑Cabrero.
Tras la muerte temprana de Narciso en 1874, Elvira quedó viuda a los 27 años, con tres hijos pequeños. Fue entonces cuando su temple se hizo evidente. Arropada por su familia, pero guiada por su propio sentido de responsabilidad, mantuvo el hogar unido, aseguró la educación de sus hijos y preservó el legado de su esposo. Su hijo menor, Narciso Rabell Cabrero, se convertiría en farmacéutico y fundador de la histórica Farmacia Rabell, símbolo de continuidad familiar y servicio comunitario.
Una mujer entre dos memorias
Elvira vivió entre la memoria del exilio venezolano de sus padres y la realidad puertorriqueña que ella misma ayudó a construir. Fue puente entre generaciones, entre culturas y entre dos linajes que, gracias a ella, se entrelazaron para siempre.
Su vida demuestra que la historia no solo la escriben quienes viajan, estudian o ejercen profesiones visibles, sino también quienes sostienen, organizan y protegen.
En la historia de los Rabell, Elvira es ese pilar silencioso pero indispensable: la mujer que, con su fortaleza y su arraigo, aseguró que el legado de Narciso no se perdiera, sino que floreciera.
La primera parte de este trabajo se nutre de varias ediciones históricas de la revista Buhiti, que aportan ángulos complementarios no incluidos en la narrativa principal:
Buhiti (1970–1977) documenta el nacimiento de la revista y su misión original como espacio de humanidades médicas, con portadas de David Goitía y ensayos históricos del Dr. Francisco X. Veray.
Buhiti – Edición 75 Aniversario (abril 2025) organiza la historia institucional en tres grandes periodos (1950–1975, 1975–2000, 2000–2025) y ofrece índices temáticos detallados sobre currículo, investigación, talleres clínicos y políticas de salud.
Buhiti agosto 2025amplía la historia 1904–1975 con detalles sobre la segunda cátedra de Medicina (1888), la mudanza del taller clínico, la creación del Centro Médico y la evolución del estudiantado y la facultad.
Buhiti febrero 2026incluye monografías sobre el Consorcio Educativo (1975–1994), el Programa de Medicina Familiar, la historia de la geriatría, el PAMIG y la trascendencia de la inmunología en el RCM.
Estas fuentes permiten ver la historia de la Escuela de Medicina desde adentro, a través de su propio archivo cultural, y complementan la línea de tiempo institucional con perspectivas editoriales, humanísticas y disciplinares.
La Primera Escuela de Medicina de Puerto Rico (1950-1975)
[Por María L. Santaella, MD y Francisco Joglar, MD]
Temario: Historia institucional en tres grandes periodos (1950–1975, 1975–2000, 2000–2025) y ofrece índices temáticos detallados sobre currículo, investigación, talleres clínicos y políticas de salud.
Los autores agradecen a quienes han hecho posible la preservación rigurosa de la memoria institucional. Al Dr. Carlos E. Girod, por haber dado forma y coherencia a la historia de la Escuela de Medicina, y al Dr. Norman Maldonado, cuya dedicación a recopilar las biografías de sus fundadores y figuras eminentes ha enriquecido nuestro entendimiento colectivo. Se reconoce también la colaboración del Dr. Efraín Flores, del Prof. José R. Ubieta, del Prof. Pedro del Valle y del equipo de la Biblioteca Conrado F. Asenjo, cuyo apoyo en la búsqueda y organización de fuentes ha sido esencial para la documentación de este trabajo.
Resumen (versión abreviada por CEPUR): La historia de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico es, en esencia, la historia de la evolución de la salud, la ciencia y la educación médica en la isla. Sus raíces se remontan al siglo XIX, cuando en 1820 se impartían cátedras de medicina y cirugía en el Hospital Real Militar de San Juan, y en 1888 el Ateneo Puertorriqueño ofrecía cursos avanzados bajo el auspicio de la Universidad de La Habana. Estas primeras iniciativas reflejaban un deseo creciente de institucionalizar la enseñanza médica en Puerto Rico.
Ese anhelo tomó forma jurídica en 1903, cuando la ley que creó la Universidad de Puerto Rico incluyó explícitamente la creación de un Departamento de Medicina. Paralelamente, el país enfrentaba graves problemas de salud pública: anemia, parasitosis, malaria y tuberculosis. La Comisión de Anemia (1904–1908), dirigida por el Dr. Bailey K. Ashford, trató a cientos de miles de pacientes y reveló la necesidad de una institución científica permanente. Tras la disolución de la Comisión, se establecieron los Servicios de Enfermedades Tropicales (1908–1911), y en 1912 se fundó el Instituto de Medicina Tropical e Higiene, primer centro formal de investigación biomédica en la isla.
El impulso definitivo llegó en 1924, cuando la Legislatura creó la Escuela de Medicina Tropical, inaugurada en 1926 bajo una alianza entre la UPR y la Universidad de Columbia. Su edificio, diseñado por Rafael Carmoega, se convirtió en un símbolo de modernidad científica. La Escuela Tropical formó médicos, enfermeras y técnicos de Puerto Rico y del Caribe, desarrolló investigación de alto nivel y estableció el Caribbean Primate Research Center en 1936. Sin embargo, tras el retiro de Columbia en 1948, se hizo evidente la necesidad de una escuela de medicina moderna.
Desde 1943, el rector Jaime Benítez impulsó activamente la creación de una Escuela de Medicina adscrita a la UPR. El Dr. Oscar Costa Mandry visitó múltiples escuelas en Estados Unidos para diseñar un modelo de excelencia. El proceso estuvo marcado por tensiones políticas, debates sobre ubicación y resistencia de la facultad de Medicina Tropical. Finalmente, con la aprobación de la Ley 378 de 1949, se creó la Escuela de Medicina de la UPR, y el 21 de agosto de 1950 abrió sus puertas a su primera clase de 50 estudiantes.
«Al anunciar nuestro proyecto hace un año a todos nos parecía punto menos que imposible y cuestión de magia, que pudiéramos empezar a dar clases para agosto de 1950. Ha sido posible gracias al apoyo incuestionado del Gobierno de Puerto Rico, de la gente médica de Puerto Rico, de toda la prensa del país. Más importante aún, ha sido posible por responder a una urgencia espiritual, profunda, de nuestro país.»
-extracto del discurso (La Enseñanza de Medicina en Puerto Rico) pronunciado por el Rector Jaime Benítez el 21 de Agosto de 1950 al inaugurarse la Escuela de Medicina.
Durante la década de 1950, la Escuela se consolidó rápidamente. Obtuvo acreditación en 1954, estableció sus primeras residencias (Obstetricia y Ginecología en 1952; Medicina Interna y Neurología en 1958) y desarrolló laboratorios de investigación como el de Cirugía Experimental. El Hospital Municipal de San Juan se convirtió en su primer hospital universitario, y la facultad combinó profesores reclutados en Estados Unidos con figuras provenientes de Medicina Tropical.
En los años 60 y 70, la Escuela experimentó una expansión científica sin precedentes. En 1960 se aprobaron los programas de maestría y doctorado en ciencias biomédicas; en 1963 se creó el Centro de Investigaciones Clínicas; en 1965 se inició el Puerto Rico Heart Study, comparado internacionalmente con el Framingham Study; y en 1970 se integró formalmente el Caribbean Primate Research Center a la UPR. El Hospital de Distrito de Bayamón se transformó en el Hospital Universitario de Adultos, y en 1976 se inauguró el Hospital Pediátrico Universitario. En 1973 se creó la residencia en Medicina de Familia, acreditada en 1975.
Transformación de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico en el Recinto de Ciencias Médicas (1975-2000).
[Por Carmen González Keelan, MD; Francisco Joglar, MD; Nydia Bonet, MD y Humberto Lugo Vicente, MD]
Resumen (versión abreviada por CEPUR): Entre 1975 y 2000, la Escuela de Medicina se integró plenamente al RCM, expandió su matrícula y logró paridad de género, innovó con los consorcios educativos, modernizó su currículo, fortaleció la investigación, estabilizó su financiamiento mediante el PPMI y superó retos de acreditación mediante reformas profundas. Este periodo consolidó a la Escuela como la institución formadora de médicos y especialistas más importante de Puerto Rico, y como un pilar del sistema de salud del país.
Entre 1975 y 1990, la Escuela vivió una etapa de expansión clínica y académica. En 1976, un comité ad hoc revisó misión, metas y currículo, estableciendo las prioridades que guiaron esta transformación. El Consorcio Educativo permitió la formación de médicos en Ponce, Caguas, Mayagüez y Bayamón. Se establecieron unidades pioneras en geriatría, inmunología y medicina interna general. El Centro Cardiovascular y el Centro de Trauma transformaron la atención supraterciaria en la isla. La investigación se fortaleció con infraestructura avanzada como citometría de flujo y laboratorios especializados. Desde 1981, el Plan de Práctica Médica Intramural se convirtió en un pilar financiero que sostuvo la expansión docente y clínica.
Entre 1980 y 2000, la Escuela se consolidó como el principal centro de investigación biomédica del Caribe. El Gobierno asignó fondos significativos para infraestructura; se expandió el Centro de Primates; se renovó el Laboratorio de Neurobiología; y se desarrollaron programas interdepartamentales en cáncer, endocrinología, virología y salud pública. Los programas MBRS y RCMI transformaron la capacidad investigativa del RCM, creando laboratorios de microscopía electrónica, instrumentación biomédica, análisis de proteínas, genética humana y neurobiología molecular. En el ámbito del HIV/SIDA, proyectos como GAMMA, ACTU y WITS lograron erradicar la transmisión vertical del virus en Puerto Rico. Entre 1979 y 1985, reformas curriculares clave redujeron la carga lectiva, fortalecieron los laboratorios y crearon el CRA y el Laboratorio de Destrezas Clínicas, preparando el terreno para las innovaciones educativas de los años 90.
En los años 90, la Escuela enfrentó la Reforma de Salud de 1994, que privatizó los servicios públicos y disolvió el Consorcio Educativo. Aun así, preservó todos sus programas de residencia y reorganizó sus talleres clínicos, estableciendo nuevas afiliaciones como el Hospital UPR Dr. Federico Trilla. El currículo se modernizó con aprendizaje basado en problemas, simuladores anatómicos, el Centro de Recursos para el Aprendizaje y la reducción de carga lectiva. El USMLE se convirtió en requisito de promoción y graduación, elevando dramáticamente el desempeño estudiantil.
Este periodo consolidó a la Escuela como la institución formadora de médicos y especialistas más importante de Puerto Rico, y como un pilar del sistema de salud del país.
La Escuela de Medicina de la UPR en el Siglo XXI (2000-2025)
[Por Nydia Bonet Jordán, MD; Francisco Joglar, MD; Karen Martínez, MD; Nerian Ortiz, MD; María José Crespo, PhD; América Facundo, PhD; Ricardo González Méndez, PhD; Gineida Morales, PhD y Sra. María Luisa Camacho]
Resumen (versión abreviada por CEPUR): El siglo XXI trajo nuevos retos y oportunidades. Entre 2000 y 2025, la Escuela graduó 2,504 médicos, alcanzando un total histórico de casi 7,000. A pesar de la crisis fiscal del país, la Escuela logró estabilidad financiera mediante la expansión del Plan de Práctica Médica Intramural (PPMI), que se convirtió en su principal fuente de ingresos. El presupuesto creció de $122 millones en 2002 a $217 millones en 2024. Se modernizaron clínicas, se fortaleció el CIT y se incorporó telemedicina.
El Decanato de Educación Médica Graduada supervisó 38 programas de residencia, manteniendo acreditación institucional sin citaciones desde 2004. La Escuela alcanzó la tasa de retención de especialistas más alta de Estados Unidos: 72.1% en 2023. En investigación, la creación del Centro Dotal de Investigación de Servicios de Salud (CDISS) en 2002 impulsó más de 200 proyectos en salud pública, clínica y traslacional. El grado postdoctoral en investigación clínica y traslacional graduó 92 profesionales. La productividad científica aumentó de 182 publicaciones en 2008 a 252 en 2023, con 105 investigadores principales.
Los programas combinados MD-JD, MD-MS y MD-PhD ampliaron las oportunidades académicas. La Escuela enfrentó huracanes, terremotos, la pandemia de COVID-19 y múltiples cambios administrativos, pero mantuvo continuidad académica y fortaleció su misión. En 2018 recibió el Spencer Foreman Award for Outstanding Community Service de la AAMC, la distinción más alta en servicio comunitario para una escuela de medicina en Estados Unidos.
Al llegar a su 75 aniversario, la Escuela de Medicina del RCM-UPR se presenta como una institución resiliente, innovadora y profundamente comprometida con la salud del pueblo puertorriqueño. Su historia es la de un proyecto académico que ha sabido adaptarse, crecer y liderar, integrando ciencia, servicio y educación en beneficio de Puerto Rico y del Caribe.
Antecedentes y Primeros Veinticinco Años de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico y sus Talleres Clínicos, 1904-1975
[Por María L. Santaella, MD (Clase 1973, Francisco Joglar, MD (Clase 1973) y Rafael A. Cox Rosario, MD (Clase 1966)]
Temario: Amplía la historia 1904–1975 con detalles sobre la segunda cátedra de Medicina (1888), la mudanza del taller clínico, la creación del Centro Médico y la evolución del estudiantado y la facultad.
Resumen (versión abreviada por CEPUR):La historia de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico es el resultado de un largo proceso de maduración institucional, científica y social. Sus raíces se remontan a los primeros siglos de la colonización española, cuando la atención médica era escasa y se limitaba a unos pocos hospitales. La salud pública era reactiva, dependiente de Juntas de Sanidad que solo se activaban durante epidemias. A principios del siglo XIX surgieron los primeros esfuerzos formales de educación médica, como la cátedra de medicina y cirugía establecida en 1816 en el Hospital Militar de San Juan por los doctores José María Espaillat y José María Vargas Machuca. Esta iniciativa, aunque limitada, representó el primer intento de institucionalizar la enseñanza médica en la isla.
Durante el siglo XIX, varios médicos puertorriqueños se formaron en Europa, destacándose el Dr. Ramón Emeterio Betances, quien obtuvo su doctorado en París y regresó a Mayagüez para enfrentar la epidemia de cólera de 1856. Betances fundó el Hospital San Antonio en 1865 y se convirtió en una figura clave tanto en la medicina como en la lucha por los derechos humanos. En 1888 se organizó una segunda cátedra de medicina mediante una colaboración entre la Universidad de La Habana y el Ateneo Puertorriqueño, pero la invasión estadounidense de 1898 interrumpió estos esfuerzos.
A inicios del siglo XX, Puerto Rico enfrentaba una crisis sanitaria agravada por el huracán San Ciriaco (1899). La anemia tropical, la uncinariasis, la malnutrición y la tuberculosis afectaban a gran parte de la población. En este contexto, la llegada del Dr. Bailey K. Ashford fue decisiva: entre 1904 y 1908, la Comisión de Anemia trató a más de 310,000 pacientes en 59 dispensarios, demostrando la necesidad de una institución científica permanente. En 1912 se estableció el Instituto de Medicina Tropical e Higiene en el Palacio Rojo del Viejo San Juan, donde se ofrecían cursos de medicina, epidemiología, bacteriología y salud pública. Aunque cerró en 1918 por falta de recursos, sentó las bases para la creación de la Escuela de Medicina Tropical en 1926, la primera institución del hemisferio dedicada al estudio de enfermedades tropicales.
La Escuela de Medicina Tropical, dirigida académicamente por la Universidad de Columbia, formó médicos, enfermeras y técnicos, y desarrolló investigación de alto impacto. Su edificio, diseñado por Rafael Carmoega, incluía laboratorios, biblioteca, anfiteatro, casa de animales y un hospital universitario de 45 camas. Sin embargo, su dependencia de Columbia y la falta de expansión limitaron su crecimiento. La Ley de la Universidad de Puerto Rico de 1903 ya había contemplado un Departamento de Medicina, pero no fue hasta mediados del siglo XX que se concretó el proyecto de una escuela moderna. En 1949, la Ley 378 creó la Escuela de Medicina de la UPR, que abrió sus puertas en 1950, heredando la experiencia científica acumulada desde la Comisión de Anemia hasta la Escuela de Medicina Tropical.
La Escuela de Medicina de la UPR (1950–1975): Fundación, consolidación y expansión
Organización inicial y coauspicio con la Universidad de Columbia
La Escuela de Medicina abrió el 21 de agosto de 1950 con 50 estudiantes. Su organización inicial estuvo fuertemente influenciada por la Universidad de Columbia, que aportó modelos curriculares, facultad y estándares académicos. El Dr. Harold Brown, parasitólogo y educador, fue clave en su establecimiento, reclutando profesores de alto calibre y estructurando el currículo basado en el modelo de Columbia. Las ciencias básicas se enseñaban en el edificio de la antigua Escuela de Medicina Tropical, mientras que las experiencias clínicas se realizaban en el Hospital Municipal de San Juan.
Desarrollo y nuevas políticas del Departamento de Salud
Durante los años 50 y 60, el Departamento de Salud de Puerto Rico desempeñó un papel crucial en la evolución de la Escuela de Medicina. Bajo el liderazgo del Dr. Guillermo Arbona, Secretario de Salud desde 1957, se impulsó la regionalización de los servicios de salud, inspirada en el Informe Dawson y en las recomendaciones del Dr. John B. Grant. Esta política promovió la creación de un sistema de hospitales de distrito y justificó la transformación del Hospital de Distrito de Bayamón en el Hospital de Distrito de Río Piedras, que se convertiría en el principal taller clínico de la Escuela de Medicina.
El Departamento de Salud también apoyó la expansión de programas de salud pública, la integración de estudiantes en comunidades rurales y la creación de nuevas instalaciones hospitalarias, incluyendo el futuro Hospital Pediátrico Universitario. Estas políticas fortalecieron la relación entre la Escuela de Medicina y el sistema de salud del país, permitiendo una formación clínica más amplia y diversa.
El estudiantado de 1950 a 1975
Los estudiantes de la Escuela de Medicina entre 1950 y 1975 vivieron una etapa de transición entre un modelo tradicional y uno más moderno e integrado. Durante los primeros años, el currículo seguía el modelo de Columbia, con cursos impartidos en inglés y evaluaciones internas. La proporción de mujeres aumentó significativamente, pasando de 18% en 1953 a 36% en 1975, superando consistentemente el promedio de escuelas estadounidenses.
En 1968 se organizó el Consejo de Estudiantes, que obtuvo reconocimiento oficial y comenzó a participar en comités académicos, incluyendo los de currículo y asuntos estudiantiles. A finales de los años 60, los estudiantes expresaron insatisfacción con la falta de integración entre ciencias básicas y clínicas, lo que impulsó la reforma curricular de 1969 y la inauguración del nuevo currículo en 1973.
La facultad de 1950 a 1975
La facultad inicial combinó profesores estadounidenses reclutados por el Dr. Brown con figuras puertorriqueñas provenientes de la Escuela de Medicina Tropical. Entre 1950 y 1975, la facultad creció en número, pero no al ritmo del aumento de estudiantes. La carga docente y de servicio era elevada, especialmente en el Hospital de Distrito Universitario, donde la facultad clínica debía atender un volumen creciente de pacientes mientras cumplía con sus responsabilidades académicas.
Los salarios eran inferiores a los de escuelas estadounidenses, lo que fomentaba la práctica privada y reducía la disponibilidad para docencia e investigación. Aun así, la facultad desarrolló programas de investigación, fortaleció los departamentos clínicos y contribuyó a la acreditación continua de la Escuela.
Acreditaciones de la Escuela de Medicina (1954–1974)
La Escuela obtuvo su primera acreditación en 1954, tras visitas de evaluación en 1951, 1952 y 1953. Los evaluadores destacaron la calidad de la enseñanza y la competencia de la facultad. En 1960, una nueva visita identificó fortalezas como el desarrollo de comités académicos y la aprobación del Reglamento de la Facultad, pero también señaló deficiencias en infraestructura, biblioteca y tamaño de la facultad.
En 1971, el LCME realizó una visita más amplia que incluyó programas de internado, residencia y estudios graduados. Aunque se otorgó acreditación completa, se señalaron problemas como la carga excesiva de servicio, la necesidad de un hospital universitario propio y la baja participación en exámenes nacionales. En 1974, la Escuela obtuvo nuevamente acreditación completa por cuatro años, reconociéndose logros como el nuevo currículo y las instalaciones del Recinto de Ciencias Médicas.
Crecimiento y acreditaciones del Hospital de Distrito Universitario
El Hospital de Distrito Universitario (UDH), transformado en 1960, se convirtió en el principal taller clínico de la Escuela. Entre 1962 y 1972, las admisiones aumentaron de 8,338 a 16,625, y las visitas ambulatorias de 62,171 a 131,293, con una ocupación de camas superior al 95%. La facultad clínica asumió una carga de servicio extraordinaria.
En 1972, la Comisión Conjunta para la Acreditación de Hospitales otorgó acreditación provisional por un año, señalando deficiencias en la planta física. En 1974, se otorgó acreditación por dos años, aunque persistieron preocupaciones sobre la capacidad hospitalaria.
Hospital Universitario de Niños
Desde 1965 se reconocía la necesidad de un hospital pediátrico independiente. Las instalaciones pediátricas del UDH eran insuficientes para la creciente población infantil. En 1972 se aprobó el proyecto para construir el Hospital Pediátrico Universitario, impulsado por líderes como los doctores Antonio Ortíz, José Sifontes y Alma Cajigas. El hospital abrió sus puertas en 1976, convirtiéndose en el centro pediátrico más avanzado del Caribe y fortaleciendo la docencia y la investigación en pediatría.
Recinto de Ciencias Médicas
El RCM existió seis años sin edificio propio (1966–1972). Durante ese tiempo, sus escuelas estaban alojadas principalmente en el edificio de la antigua Escuela de Medicina Tropical en Puerta de Tierra, más instalaciones dispersas en San Juan y Río Piedras.
A lo largo del siglo XX, el Recinto de Ciencias Médicas fue consolidando su estructura académica mediante la creación progresiva de varias escuelas profesionales. La primera en establecerse fue la Escuela de Farmacia, fundada en 1913, que surgió para responder a la necesidad de formación formal en ciencias farmacéuticas en Puerto Rico. Décadas más tarde, en 1957, se creó la Escuela de Odontología, ampliando la oferta de profesiones de la salud dentro de la Universidad de Puerto Rico.
La Escuela Graduada de Salud Pública, aunque suele asociarse al año 1970, tiene una trayectoria mucho más antigua. Sus raíces se remontan a 1941, cuando comenzaron los programas graduados en salud pública dentro de la Escuela de Medicina Tropical, y en 1955 recibió acreditación como Escuela de Salud Pública por la Asociación Americana de Salud Pública. El año 1970 marca su integración formal al recién creado Recinto de Ciencias Médicas, como parte de una reorganización administrativa mayor.
Posteriormente, el crecimiento del Recinto continuó con la creación de nuevas unidades académicas. En 1976 se estableció la Escuela de Profesiones de la Salud, destinada a formar personal clínico y técnico en áreas esenciales para el sistema sanitario. Más adelante, en 1995, se fundó la Escuela de Enfermería, completando así el conjunto de escuelas profesionales que hoy conforman el Recinto de Ciencias Médicas.
En conjunto, estas fundaciones reflejan un proceso continuo de expansión institucional, en el que cada escuela surgió para atender necesidades específicas del país, mientras que la integración de Salud Pública en 1970 consolidó una trayectoria que ya llevaba décadas de desarrollo académico y científico.
El RCM existía como estructura administrativa desde 1966, pero NO tenía edificio propio. Cuando se creó el Recinto de Ciencias Médicas en 1966, se trataba de una unidad administrativa que agrupaba varias escuelas ya existentes:
Escuela de Medicina (fundada en 1950)
Escuela de Odontología (1957)
Escuela de Farmacia (1913)
Programas graduados en ciencias biomédicas (desde 1960)
Salud Pública (como departamento desde 1941; como escuela acreditada desde 1955)
Pero no existía un edificio único que las albergara.
Las escuelas estaban dispersas en varios edificios preexistentes. Entre 1966 y 1972, las unidades del RCM estaban ubicadas en:
1. El edificio de la antigua Escuela de Medicina Tropical en Puerta de Tierra. Allí operaban parte de la Escuela de Medicina, Salud Pública, laboratorios de investigacióny oficinas administrativas. Este edificio fue el centro académico principal hasta principios de los 70.
2. Hospital Universitario original (en Centro Médico, pero no en el edificio del RCM). La enseñanza clínica ocurría en el Hospital Universitario y hospitales afiliados. Pero la Escuela de Medicina no tenía aún su edificio académico allí.
3. Edificios dispersos en Río Piedras y San Juan. Algunos laboratorios y oficinas de ciencias biomédicas. Programas de investigación vinculados al IMTH.
Popr lo tanto, el RCM existía, pero estaba físicamente fragmentado. En 1970 ocurre una reorganización administrativa: se formalizan las escuelas dentro del RCM; Salud Pública se convierte en Escuela Graduada dentro del RCM y se consolidan estructuras académicas y decanatos. Pero todavía no existía el edificio nuevo.
En 1972 se inaugura el edificio del Recinto de Ciencias Médicas en el Centro Médico de Puerto Rico, que centraliza todas las escuelas: traslada la Escuela de Medicina desde Puerta de Tierra, integra laboratorios, aulas, oficinas y centros de investigación y marca el inicio del RCM como campus físico unificado. Este es el edificio que hoy reconocemos como “el RCM”.
Edificio del RCM (Edificio Dr. Guillermo Arbona Irizarry)
Año
Evento
1941
Comienzan programas graduados en Salud Pública en Medicina Tropical.
1950
Se funda la Escuela de Medicina.
1955
Salud Pública es acreditada como Escuela.
1966
Se crea el Recinto de Ciencias Médicas (sin edificio propio).
1966–1972
RCM opera en edificios dispersos, principalmente en Medicina Tropical (Puerta de Tierra).
1970
Reorganización: se formaliza la Escuela Graduada de Salud Pública dentro del RCM.
1972
Se inaugura el edificio del RCM en Centro Médico.
ÍNDICE TEMÁTICO: 1900–2025
Foto (febrero 2026) del afiche que se muestra en el pasillo del tercer piso hacia los anfiteatros de la Escuela de Medicina del RCM UPR.
I. Siglo XIX – Primeras bases de la educación médica en Puerto Rico
Cátedras de medicina y cirugía en el Hospital Real Militar (1820)
El Ateneo Puertorriqueño y la segunda cátedra de Medicina (1888)
Condiciones sanitarias, epidemias y la necesidad de institucionalización médica
II. 1900–1925 · Lucha contra enfermedades tropicales y bases científicas
Identificación del Ankylostoma duodenale por Bailey K. Ashford (1899)
Ley de la Universidad de Puerto Rico y el Departamento de Medicina (1903)
Comisión de Anemia (1904–1908)
Servicios de Enfermedades Tropicales (1908–1911)
Fundación del Instituto de Medicina Tropical e Higiene (1912)
El Hospital Municipal original (1919)
III. 1925–1950 · Escuela de Medicina Tropical y transición a la Escuela moderna
Creación de la Escuela de Medicina Tropical (1924)
Inauguración y primeras décadas (1926–1948)
Expansión arquitectónica y académica (1930s)
Fundación del Caribbean Primate Research Center (1936)
Declive bajo Columbia y cierre paulatino (1948)
Comité del Rector Jaime Benítez para una nueva escuela (1943)
Ley 378 y creación de la Escuela de Medicina de la UPR (1949)
Apertura oficial de la Escuela de Medicina moderna (1950)
IV. 1950–1975 · Fundación moderna, expansión científica y consolidación
A. Organización y acreditación
Laboratorio de Cirugía Experimental (1952)
Acreditación AMA/AAMC (1954)
Reforma curricular y salud pública (1957)
Dr. Guillermo Arbona nombrado Secretario de Salud (1957)
Primer decano puertorriqueño: Dr. José R. Vivas (1959)
B. Expansión científica y académica
Programas graduados en ciencias biomédicas (1960)
Llegada de investigadores internacionales (1960–1970)
Organización del Recinto de Ciencias Médicas (1966)
Primer rector del RCM: Adán Nigaglioni (1967)
C. Infraestructura y currículo
Apertura del edificio del RCM en Centro Médico (1972)
Mudanza desde Medicina Tropical (1972)
Fundación del Programa de Medicina Familiar (1974)
Inicio de la transformación curricular (1975)
V. 1975–2000 · Transformación institucional y auge de la investigación
A. Educación médica y servicios clínicos
Consorcio Educativo (1975–1994)
Programa de Medicina Interna General (PAMIG, 1976)
Primer programa de trasplante renal (1977)
Servicio Clínico de Inmunología (1980)
Centro de Educación en Geriatría (1985)
Centro de Trauma (1986)
Proyecto del Centro Cardiovascular (1986 → apertura 1992)
B. Investigación y expansión científica
Expansión de inmunología básica y clínica (1980–2006)
Clínicas comunitarias y residencias en Carolina
Remodelación del Hospital Universitario (1989–1993)
Primera unidad de geriatría aguda (1990)
Acreditación de la primera beca en geriatría (1994)
Expansión del Centro de Investigaciones Clínicas (CIC) y estudios multicéntricos
Infraestructura avanzada: citometría de flujo, anticuerpos monoclonales
Consolidación del Plan de Práctica Médica Intramural (PPMI)
La erradicación de la uncinariasis en Puerto Rico —causada principalmente por Necator americanus— marcó el inicio de una tradición de epidemiología aplicada que define nuestra historia sanitaria. Dr. Bailey K. Ashford, al identificar la causa real de la anemia rural y organizar la primera campaña masiva de control parasitario en el hemisferio, estableció el principio fundacional: observar, inferir causalidad y actuar sobre determinantes sociales.El Dr. Juan A. Pons heredó esa visión y la amplió al integrar los servicios preventivos y curativos, sentar las bases administrativas de un sistema moderno y convocar a expertos como John B. Grant para diseñar un modelo racional de servicios. El Dr. Guillermo Arbona, a su vez, convirtió esa visión en ingeniería sanitaria: operacionalizó la regionalización, articuló niveles de atención y documentó el modelo para el mundo. De Ashford a Arbona, Puerto Rico desarrolló una genealogía propia de pensamiento epidemiológico —riguroso, causal, social y orientado a la acción— que hoy sigue siendo indispensable para guiar el uso ético y crítico de la inteligencia epidemiológica en salud pública. Se refuerzan así el argumento de que la epidemiología puertorriqueña siempre ha sido práctica, causal, social y transformadora.
Hitos principales en la erradicación de la uncinariasis por el Dr. Ashford
Foto (febrero 2026) del afiche que se muestra en el pasillo del tercer piso hacia los anfiteatros de la Escuela de Medicina del RCM UPR.
La erradicación de la uncinariasis (hookworm) en Puerto Rico bajo el liderazgo del Dr. Bailey K. Ashford es uno de los hitos fundacionales de la salud pública moderna en la isla. Para esta narrativa histórica conviene presentar estos hitos como una secuencia clara, breve y contundente que muestre cómo Puerto Rico se convirtió en un laboratorio pionero de medicina tropical y epidemiología aplicada.
1. Descubrimiento del problema (1899–1900)
Recién llegado como médico militar durante la ocupación estadounidense, Ashford observa un patrón de anemia severa, caquexia y mortalidad elevada en campesinos puertorriqueños.
Identifica que la causa no es “anemia tropical” inespecífica, sino uncinariasis masiva.
Publica sus hallazgos y alerta sobre la magnitud del problema: estima que más del 30% de la población rural estaba infectada.
2. Primeras campañas de tratamiento (1900–1903)
Ashford organiza brigadas rudimentarias para administrar thymol y sales purgantes, el tratamiento estándar de la época.
Documenta mejoría clínica dramática en pacientes tratados.
Comienza a perfilar la uncinariasis como un problema social, económico y sanitario, no solo clínico.
3. Fundación de la Junta de Anemia (1904)
Ashford convence al gobierno civil de Puerto Rico de crear la Junta de Anemia, la primera agencia de salud pública especializada en una enfermedad parasitaria en el hemisferio occidental.
La Junta recibe fondos legislativos y apoyo logístico para operar a nivel isla.
Se convierte en el primer programa de control de una enfermedad tropical basado en evidencia epidemiológica.
4. Campaña masiva de tratamiento y educación (1904–1910)
La Junta establece clínicas móviles que recorren la isla.
Se trata a más de 300,000 personas en seis años, una cifra extraordinaria para la época.
Se implementan campañas educativas sobre higiene, uso de calzado y saneamiento básico.
Se recopilan datos sistemáticos que permiten mapear la distribución de la enfermedad.
5. Reducción dramática de la morbilidad (1910–1915)
La prevalencia de uncinariasis cae de niveles epidémicos a niveles manejables.
La mortalidad por anemia severa disminuye notablemente.
La productividad agrícola mejora, un efecto económico documentado por Ashford y colaboradores.
6. Fundación de la Escuela de Medicina Tropical (1926)
El éxito de la campaña y la reputación internacional de Ashford atraen apoyo de la Fundación Rockefeller.
Se establece la Escuela de Medicina Tropical de Puerto Rico, la primera en el hemisferio occidental.
La uncinariasis se convierte en un caso de estudio global de epidemiología aplicada, control de enfermedades y medicina social.
7. Erradicación funcional (décadas de 1930–1950)
Con mejoras en saneamiento, educación y urbanización, la uncinariasis deja de ser un problema de salud pública.
Puerto Rico se convierte en un ejemplo internacional de cómo una enfermedad endémica puede ser controlada mediante ciencia, organización y voluntad política.
La regionalización de los servicios de salud en Puerto Rico
La figura del Dr. Guillermo Arbona Irizarry y la regionalización de los servicios de salud en Puerto Rico constituye uno de los capítulos más influyentes —y menos comprendidos— de la historia sanitaria del país. Su obra transformó la manera en que Puerto Rico organiza, distribuye y concibe el acceso a la salud. A continuación se presenta una síntesis estructurada, profunda y contextualizada, basada en fuentes históricas confiables, incluyendo su biografía en EnciclopediaPR y su obra clásica Regionalization of Health Services: The Puerto Rican Experience (Oxford University Press, 1978).
1. Quién fue el Dr. Guillermo Arbona
El Dr. Arbona (1910–1997) fue médico, educador, salubrista y Secretario de Salud de Puerto Rico entre 1957 y 1966, periodo en el que lideró la reforma más ambiciosa del sistema sanitario puertorriqueño. Formado en salud pública en Johns Hopkins gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, combinó una visión científica rigurosa con un profundo compromiso social.
Premédica: Universidad de Ohio y George Washington University.
1934 — Se gradúa de médico en Saint Louis University.
1934–1937 — Trabaja en el Hospital Municipal de San Juan y en Unidades de Salud Pública.
1936–1937 — Completa estudios de Salud Pública en Johns Hopkins (beca Rockefeller).
1937–1943 — Ocupa puestos de liderazgo en el Negociado de Unidades de Salud Pública.
1943 — Asume la jefatura del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Escuela de Medicina Tropical, donde reorganiza y moderniza los cursos.
Cuando la Escuela de Medicina Tropical cerró en 1948, su programa graduado se trasladó a la nueva Escuela de Medicina de la UPR. Arbona continuó vinculado al proyecto y, en 1953, se integró como profesor en la institución moderna.
Fuente: Boletín de la Asociación Médica de Puerto Rico, Vol. 60, Núm. 11, Noviembre 1968, p. 572.
2. El contexto que hizo posible la regionalización
A mediados del siglo XX, Puerto Rico enfrentaba:
desigualdad extrema en acceso a servicios médicos,
hospitales municipales fragmentados,
escasez de especialistas fuera del área metropolitana,
duplicación de servicios y falta de coordinación,
un sistema de salud reactivo, no planificado.
La visión de Arbona se inspiró en:
el Informe Dawson (Reino Unido),
modelos de integración sanitaria europeos,
principios de salud pública comunitaria,
la experiencia de las Unidades de Salud Pública en Puerto Rico desde los años 30.
3. La regionalización: el diseño del sistema
Entre 1957 y 1966, Arbona implementó un sistema integrado de salud basado en tres niveles de atención dentro de siete regiones sanitarias.
Los tres niveles
Nivel primario: Centros de Salud / Centros de Diagnóstico y Tratamiento (CDT).
Nivel secundario: Hospitales de Área.
Nivel terciario: Hospitales Regionales con servicios especializados.
Los principios rectores
Atención escalonada según complejidad.
Referidos organizados y eficientes.
Distribución equitativa de recursos.
Integración entre salud pública y servicios clínicos.
Formación de profesionales dentro del sistema regional.
Este modelo fue tan innovador que la OMS y la International Epidemiological Association lo documentaron como ejemplo internacional.
4. Impacto en la Escuela de Medicina y el Recinto de Ciencias Médicas
La regionalización no solo reorganizó el sistema de salud: redefinió la educación médica en Puerto Rico.
Aportes clave
Justificó la creación del Hospital de Distrito de Río Piedras, luego Hospital Universitario.
Facilitó la expansión de los talleres clínicos para estudiantes y residentes.
Preparó el terreno para la creación del Centro Médico de Puerto Rico (1965).
Estableció la base conceptual para el Consorcio Educativo (1975–1994).
Integró salud pública, epidemiología y medicina comunitaria en el currículo médico.
Sin Arbona, la evolución de la Escuela de Medicina entre 1950 y 1975 habría sido muy distinta.
5. Legado y proyección internacional
El modelo puertorriqueño fue estudiado y replicado en:
América Latina,
el Caribe,
programas de la OMS,
escuelas de salud pública en EE. UU.
Su libro Regionalization of Health Services: The Puerto Rican Experience (1978) se convirtió en referencia obligada en planificación sanitaria.
6. Por qué su obra sigue siendo relevante hoy
La regionalización de Arbona anticipó conceptos contemporáneos:
atención primaria como eje del sistema,
redes integradas de servicios,
planificación basada en necesidades poblacionales,
equidad territorial en salud,
coordinación entre niveles de atención.
Muchos de los retos actuales —fragmentación, desigualdad, saturación hospitalaria— son precisamente los problemas que Arbona buscó resolver.
7. Síntesis final
El Dr. Guillermo Arbona no solo reorganizó el sistema de salud: creó la arquitectura conceptual que permitió el desarrollo moderno de la medicina puertorriqueña, desde la educación médica hasta la infraestructura hospitalaria. Su visión integradora, científica y profundamente humanista sigue siendo un referente para cualquier discusión sobre reforma sanitaria en Puerto Rico.
La regionalización de los servicios médico‑hospitalarios en Puerto Rico no surgió de un solo documento ni de una sola mente, sino de la convergencia de tres fuerzas históricas que se alinearon de manera excepcional: la política federal de infraestructura sanitaria, la visión local de integración de servicios y la ingeniería sanitaria aplicada que convirtió ideas en un sistema funcional.
En el plano federal, el Hill–Burton Act de 1946 —administrado por el U.S. Public Health Service (USPHS) bajo la autoridad del Cirujano General— proporcionó el andamiaje material para la transformación. Esta ley financió la construcción y modernización de hospitales en todo Estados Unidos y sus territorios, incluyendo Puerto Rico, y exigió encuestas detalladas de necesidades hospitalarias. Gracias a este programa, la isla pudo construir hospitales de distrito y de área, modernizar instalaciones municipales y crear la infraestructura mínima necesaria para un sistema escalonado. Sin Hill–Burton, la regionalización habría sido conceptualmente deseable, pero físicamente imposible.
Sobre esa base material actuó la visión local del Dr. Juan A. Pons, primer Secretario de Salud (1946–1957) y arquitecto del plan de regionalización. Pons entendió que la modernización hospitalaria solo tendría impacto si se integraban los servicios preventivos y curativos, hasta entonces administrados por estructuras separadas. Fue él quien abrió la puerta a la colaboración con la Fundación Rockefeller y quien invitó al Dr. John B. Grant en 1953 para comenzar a delinear un sistema racional de servicios. Bajo su liderazgo, Puerto Rico recibió en 1954 un informe técnico del USPHS que recomendó formalmente la reorganización del sistema de salud en regiones, validando la dirección que Pons ya había iniciado.
Dr. Juan A. Pons: nació en Aibonito, donde completó su educación temprana. Luego se trasladó a San Juan, donde asistió a la escuela superior afiliada a la Universidad de Puerto Rico (UHS). Estudios premédicos: Cursó estudios en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Grado de medicina: Obtuvo su título médico en 1928 en Jefferson Medical College, en Filadelfia.
Pero la visión necesitaba ingeniería. Ahí entra el Dr. Guillermo Arbona, quien asumió la Secretaría de Salud en 1957. Arbona tomó la infraestructura creada por Hill–Burton, las recomendaciones de Grant y el informe federal de 1954, y los convirtió en un sistema operativo. Diseñó el Proyecto Piloto de Bayamón, dividió la isla en regiones sanitarias funcionales, estableció niveles de atención articulados y creó un sistema de referidos que integraba desde los dispensarios municipales hasta el Centro Médico. Su obra no solo transformó la prestación de servicios en Puerto Rico, sino que se convirtió en un modelo internacional documentado en Regionalization of Health Services: The Puerto Rican Experience (1978), texto de referencia para la OMS y la Asociación Internacional de Epidemiología.
¿Puede coexistir la regionalización con la privatización? Una mirada comparada
La regionalización y la privatización representan dos modelos causales opuestos en la organización de los servicios de salud. La regionalización —como la diseñada por Arbona en Puerto Rico— se basa en la lógica epidemiológica: definir poblaciones, distribuir recursos según necesidad, establecer niveles de atención y garantizar rutas de referidos que aseguren continuidad y equidad. La privatización, en cambio, responde a la lógica del mercado: competencia entre proveedores, contratos fragmentados, incentivos financieros y decisiones guiadas por rentabilidad más que por necesidad poblacional. En teoría podrían coexistir, pero en la práctica internacional casi siempre entran en conflicto.
La experiencia puertorriqueña lo demuestra con claridad. La regionalización de Arbona había logrado articular un sistema coherente, equitativo y funcional. Sin embargo, la Reforma de Salud de 1994 introdujo aseguradoras privadas, contratos descoordinados y competencia entre proveedores que rompieron las rutas de referidos, desintegraron los niveles de atención y desmantelaron los consorcios docentes. La privatización reintrodujo la “enfermedad” que la regionalización había curado: la fragmentación estructural que produce retrasos, inequidad y mortalidad evitable.
Este patrón no es exclusivo de Puerto Rico. En el Reino Unido, los intentos de privatización parcial del NHS han erosionado la planificación regional, aunque no la han destruido gracias al fuerte control estatal. En Chile, la coexistencia entre un sistema público regionalizado y aseguradoras privadas (ISAPRES) ha generado segmentación extrema y desigualdad territorial. En Colombia, la reforma de 1993 produjo una fragmentación severa, crisis hospitalaria recurrente y pérdida de continuidad en la atención. Incluso en Suecia, donde la privatización ha sido limitada, la introducción de proveedores privados en atención primaria ha aumentado la inequidad y debilitado la planificación regional. Solo en sistemas donde la privatización es marginal —como Canadá— la lógica territorial se mantiene estable.
La evidencia comparada es consistente: la privatización tiende a erosionar o destruir la regionalización, porque introduce incentivos que rompen la lógica poblacional que requiere un sistema organizado por niveles y territorios. La regionalización necesita coordinación, planificación y equidad; la privatización introduce competencia, fragmentación y desigualdad. Cuando ambos modelos coexisten, el mercado casi siempre domina y desarticula la estructura epidemiológica.
La conclusión es clara: la regionalización y la privatización no son simplemente modelos administrativos distintos; son modelos causales incompatibles. La experiencia de Puerto Rico no fue una anomalía, sino un ejemplo paradigmático de lo que ocurre cuando se intenta mezclar dos lógicas que operan en direcciones opuestas. La regionalización es una intervención de salud pública; la privatización es una intervención económica. Y cuando ambas chocan, la epidemiología pierde.
De la Inteligencia Epidemiológica (IE) a la Inteligencia Artificial (IA)
La transición de la Inteligencia Epidemiológica (IE) a la Inteligencia Artificial (IA) marca un cambio de paradigma: pasamos de una disciplina basada en la inferencia humana y el juicio clínico a una basada en el reconocimiento de patrones y la correlación masiva. Recorramos primero la evolución del pensamiento causal, donde la epidemiología tuvo que aprender a “dictar juicio” cuando la prueba absoluta (el experimento) era imposible.
1. La Evolución del Pensamiento Causal
El Modelo Infeccioso: La Causalidad Determinista
En el siglo XIX, el pensamiento estaba dominado por los Postulados de Koch. Este era un modelo de “causa necesaria y suficiente”:
El agente debe estar presente en cada caso.
Debe poder aislarse en cultivo puro.
Debe causar la enfermedad en un animal sano.
Este modelo funcionaba para el cólera o la tuberculosis, pero colapsó ante las enfermedades crónicas, donde no hay un solo “microbio” invasor.
La Transición: El Tabaquismo y el Desafío Ético
A mediados del siglo XX, el auge del cáncer de pulmón obligó a una revolución intelectual. Como bien señalas, era éticamente imposible realizar un Ensayo Clínico Aleatorizado (ECA) donde se obligara a un grupo a fumar.
Aquí nace la IE moderna con figuras como Austin Bradford Hill y Richard Doll. Al no poder usar la “fuerza bruta” del experimento, recurrieron a la observación rigurosa:
Estudios de Caso-Control: Mirando hacia atrás para encontrar la exposición.
Cohortes Prospectivas: Siguiendo a médicos fumadores durante décadas.
Para defender que el tabaco causaba cáncer (y no era solo una coincidencia estadística), Hill propuso en 1965 sus famosos Criterios de Causalidad, que no son reglas matemáticas, sino una guía para el juicio humano.
2. Los Criterios de Hill: El “Juicio” (Judgement) de la IE
La IE provee una estructura de deliberación que la IA aún no posee plenamente. Algunos criterios clave aplicados al tabaco fueron:
Fuerza de Asociación: Un riesgo 20 veces mayor en fumadores es difícil de explicar solo por sesgos.
Consistencia: ¿Se observa lo mismo en diferentes países y poblaciones?
Gradiente Biológico (Dosis-Respuesta): A más cigarrillos, más riesgo. Este es un fuerte indicio causal.
Plausibilidad Biológica: ¿Tiene sentido según la medicina de la época?
Temporalidad: La exposición siempre debe preceder al efecto (el criterio más sagrado).
3. ¿Qué le falta a la IA que posee la IE?
La IA actual (especialmente el Machine Learning y los LLM) es excepcional detectando correlaciones, pero carece de comprensión causal intrínseca.
A. El Control de Sesgos vs. “Garbage In, Garbage Out”
La IE se obsesiona con el diseño: controla el sesgo de selección (quién entra al estudio), el sesgo de información (cómo se mide) y el confounding (variables que confunden, como el alcohol en el estudio del tabaco).
La IA, por el contrario, suele alimentarse de datos masivos “sucios”. Si los datos tienen sesgos históricos, la IA los amplifica en lugar de cuestionarlos.
B. El “Contrafactual”
La IE se pregunta: “¿Qué le habría pasado a esta persona si NO hubiera fumado?”. Este razonamiento contrafactual es la base de la causalidad moderna (modelo de Pearl/Rubin). La IA actual es mayormente asociativa; sabe que A y B ocurren juntos, pero no siempre sabe si A causa B. La frase —“una causa es una diferencia que hace una diferencia”—es la esencia del pensamiento contrafactual que define la epidemiología moderna y la obra de Kenneth Rothman.
C. La Deliberación Ética y Social
La IE entiende el contexto. Sabe que un resultado estadísticamente significativo puede no ser clínicamente relevante o puede estar influenciado por determinantes sociales que los datos no capturan.
4. ¿Podrá la IA dictar juicio?
¿Es el “juicio” (judgement) una operación matemática o una deliberación humana?
La IA como “Calculadora de Probabilidades”: La IA puede identificar gradientes biológicos y consistencias en millones de estudios mucho más rápido que un humano. Puede sugerir que la probabilidad de causalidad es alta.
El Juicio Humano como “Tribunal de Sabiduría”: El acto de declarar que “X causa Y” tiene consecuencias legales, económicas y éticas (como ocurrió con las tabacaleras). Ese dictamen final requiere:
Responsabilidad (Accountability): La IA no puede ir a juicio ni asumir la carga moral de un error.
Intuición Científica: A veces, la causalidad desafía los datos existentes (como cuando Ashford identificó la uncinariasis basándose en observaciones que otros ignoraban).
La Brecha de la “Caja Negra”
La IA tiene una debilidad crítica frente a los criterios actualizados de Rothman: La interpretabilidad y el sesgo de confusión.
El Juicio Humano es Deliberativo: Un epidemiólogo puede identificar un confusor (una variable que hace parecer que hay causalidad donde no la hay) basándose en su conocimiento de la biología o la sociedad, incluso si esa variable no está en la base de datos.
La IA es Dependiente de los Datos: Si un modelo de IA ve que las personas que llevan encendedores tienen más cáncer, dictará que “los encendedores causan cáncer” a menos que un humano le enseñe la estructura causal (tabaco -> encendedor y tabaco -> cáncer).
La IA puede procesar la evidencia, pero la IE dicta el juicio. La IA nos da el qué, pero la epidemiología humana sigue siendo la dueña del por qué. La causalidad no es un número; es una narrativa coherente construida sobre la ciencia y la ética.
La regionalización diseñada por Arbona fue, en esencia, un acto de inteligencia epidemiológica. Identificó que la fragmentación del sistema —la desigualdad geográfica, la ausencia de niveles de atención y la falta de rutas de referidos— actuaba como un determinante causal de enfermedad y muerte. La “enfermedad” que la regionalización vino a curar no era biológica, sino estructural: la desorganización sanitaria que producía retrasos, inequidad y mortalidad evitable. Al dividir la isla en regiones funcionales, establecer niveles de atención y crear rutas de referidos, Arbona interrumpió ese mecanismo causal y convirtió la organización del sistema en una intervención de salud pública.
Epidemiología social: Nada humano me es ajeno
La frase “Nada humano me es ajeno” (Humani nihil a me alienum puto) pertenece originalmente al comediógrafo romano Terencio (siglo II a.C.). Sin embargo, se asocia con Albert Camus, ya que toda su obra —especialmente La Peste— es una encarnación de ese sentimiento: la solidaridad ante el sufrimiento colectivo y la negativa a mirar hacia otro lado cuando una comunidad es golpeada.
Si la epidemiología clásica se pregunta qué agente causa la enfermedad, la epidemiología social se pregunta quién enferma y por qué su lugar en la estructura social determina su destino biológico.
1. Del “Cuerpo Biológico” al “Cuerpo Social”
Para un epidemiólogo social (como Nancy Krieger o el propio Kenneth Rothman en su visión más amplia), el desempleo, el racismo, el hacinamiento o la soledad son tan “causas” como un virus. Si aceptamos que “nada humano nos es ajeno”, entonces:
La economía es epidemiología.
La política es epidemiología.
La arquitectura urbana es epidemiología.
2. La IA vs. La Empatía de la IE
La IA puede procesar datos de “determinantes sociales” (cifras de ingresos, códigos postales), pero lo hace como variables frías en una regresión.
La IE (Inteligencia Epidemiológica) entiende la cita de Terencio/Camus porque reconoce la humanidad detrás del dato. La IE sabe que detrás de un “outlier” estadístico hay una historia de exclusión que el algoritmo no puede “sentir”, pero el investigador sí puede juzgar.
El Vínculo con Puerto Rico y la Historia
Como bien se documenta en la historia de la salud pública en la isla, figuras como el Dr. Guillermo Arbona aplicaron esta máxima sin citarla explícitamente. Al diseñar la regionalización de servicios, Arbona no solo miraba mapas de hospitales; miraba la geografía del aislamiento humano. La uncinariasis de Ashford no era solo un parásito; era la pobreza descalza en los cafetales.
Si un epidemiólogo social ignora la cultura, el miedo o la lucha de una población, está dejando de ser un científico de la salud para convertirse en un contable de cadáveres.
La IA puede simular la “diferencia que hace la diferencia”, pero no puede experimentar la “ajenidad”. El juicio causal en epidemiología social requiere una brújula ética: decidir qué desigualdades son injustas y, por tanto, deben ser atacadas. Ese es un acto de voluntad humana, no de computación.
De Ashford a Arbona, Puerto Rico desarrolló una genealogía propia de pensamiento epidemiológico —riguroso, causal, social y orientado a la acción— que sigue siendo indispensable para guiar el uso ético y crítico de la inteligencia epidemiológica en salud pública. Esa tradición no desaparece con la llegada de la inteligencia artificial; al contrario, se vuelve más necesaria.
La IA puede procesar datos a una escala inimaginable, pero no puede asumir el juicio causal ni la responsabilidad ética que exige la salud pública. La IE sigue siendo el espacio donde se interpretan los patrones, se identifican los sesgos, se evalúan los determinantes sociales y se decide la acción. La IA amplifica nuestra capacidad analítica; la IE define nuestro deber. La causalidad no es un cálculo: es una decisión humana con consecuencias humanas.
La inteligencia epidemilógica en acción: lo que la trayectoria del Dr. José F. Cordero
La vida profesional del Dr. José F. Cordero es un ejemplo extraordinario de cómo opera la inteligencia epidemiológica (IE) en su forma más pura: observación rigurosa, inferencia causal, control de sesgos, integración de evidencia clínica y social, y acción rápida para proteger poblaciones. Su carrera demuestra, una y otra vez, que la IE no es un algoritmo: es un modo de pensar, un juicio deliberativo que la IA aún no puede replicar.
Desde sus primeros días en el Servicio de Inteligencia Epidemiológica (EIS) de los CDC, su trabajo mostró cómo la IE identifica causas ocultas que ningún modelo estadístico habría detectado. El documento relata que, al investigar tres casos de bebés con potasio extremadamente bajo, Cordero descubrió que todos habían consumido la misma fórmula de soya. El texto lo describe así:
“Investigando tres de esos casos de bebés con potasio bajo, pudo relacionarse el hallazgo a la ingestión de una marca de leche con una fórmula basada en proteína de soya… En el curso de dos días, la fórmula se removió del mercado.” (JFC‑RCM‑UPR.pdf)
Ningún algoritmo habría detectado esa señal: la fórmula representaba solo 3% del mercado, y los casos eran rarísimos. Fue el juicio epidemiológico, no la correlación estadística, lo que permitió identificar la causa y prevenir daño a 55,000 bebés.
Lo mismo ocurrió cuando Cordero y sus colegas demostraron que la deficiencia de ácido fólico aumentaba el riesgo de defectos del tubo neural. El documento señala:
“Demostraron una asociación entre el consumo de multivitaminas que contenían ácido fólico… y un riesgo menor en los defectos del tubo neural.” (JFC‑RCM‑UPR.pdf)
Esa inferencia causal —basada en estudios observacionales, control de confounding y plausibilidad biológica— llevó a la política pública de fortificación de harinas, que ha prevenido más de 32,000 casos en EE.UU. Ningún algoritmo habría podido decidir causalidad; la IE sí.
Su liderazgo en la eliminación de la rubéola congénita también muestra la diferencia entre datos y juicio. El documento explica:
“La campaña masiva de vacunación… logró eliminar la rubéola para el 2004… y en el 2015 la OMS declara a las Américas como la primera región del mundo en eliminar la rubéola.” (JFC‑RCM‑UPR.pdf)
La IA puede modelar escenarios, pero no puede decidir que una enfermedad debe ser eliminada, ni diseñar la estrategia ética, logística y social para lograrlo. Eso requiere deliberación humana, visión poblacional y responsabilidad moral.
Finalmente, su trabajo en PROTECT y ECHO demuestra cómo la IE integra factores ambientales, sociales y biológicos para entender causas complejas. El documento describe:
“Se establecieron asociaciones con nacimientos prematuros y bajo peso al nacer… El grupo ha publicado sobre trescientos artículos.” (JFC‑RCM‑UPR.pdf)
La IA puede procesar grandes volúmenes de datos, pero no puede decidir qué exposiciones investigar, qué variables medir, qué confusores controlar ni qué desigualdades son injustas y deben ser intervenidas. Eso es IE.
La carrera del Dr. Cordero confirma que:
La IE identifica causas, incluso cuando los datos son escasos o contradictorios.
La IA identifica patrones, pero no sabe si son causales.
La IE integra biología, ética, contexto social y responsabilidad pública.
La IA carece de juicio, de intuición científica y de brújula moral.
La IE actúa para proteger poblaciones, incluso cuando los modelos no lo recomiendan.
La IA no puede asumir responsabilidad por las consecuencias de una decisión.
En otras palabras:
La IA calcula; la IE comprende. La IA predice; la IE decide. La IA procesa datos; la IE procesa consecuencias.
La trayectoria del Dr. Cordero —desde la fórmula de soya hasta la eliminación de la rubéola y la investigación ambiental en Puerto Rico— es una demostración viva de que la epidemiología es, ante todo, un acto de juicio humano, no un algoritmo.
La inteligencia epidemiológica en acción: la reapertura escolar durante COVID‑19
La pandemia de COVID‑19 ofreció un ejemplo contemporáneo y contundente de cómo la inteligencia epidemiológica (IE) difiere radicalmente del razonamiento algorítmico basado solo en datos brutos. Durante la emergencia, los modelos matemáticos y los tableros desde la Universidad de Harvard recomendaban cerrar las escuelas para “proteger a los docentes”, basándose exclusivamente en tasas de transmisión. Sin embargo, la IE exige distinguir entre transmisión y patogenicidad, entre riesgo individual y riesgo poblacional, y entre daño directo y daño colateral.
Como Principal Oficial de Epidemiología del Departamento de Salud de Puerto Rico, enfrenté ese dilema. La evidencia mostraba que la población pediátrica tenía mayor transmisión, pero mucho menor riesgo de enfermedad grave, mientras que los docentes —el grupo realmente vulnerable— ya contaban con una vacuna efectiva. Al mismo tiempo, el cierre prolongado de escuelas estaba produciendo un daño educativo, emocional y social profundo, especialmente en los sectores más vulnerables. Los algoritmos no podían ver ese daño; la IE sí.
Con el apoyo de pediatras e infectólogos, ejercí juicio epidemiológico y ordenamos la reapertura presencial de los planteles escolares, aun frente a la oposición de gremios docentes y de analistas que aplicaban mecánicamente modelos estadísticos sin considerar la biología, la ética o el contexto social. Esta decisión —contraria a la recomendación algorítmica— evitó un rezago académico masivo mayor y redujo inequidades que han marcado a una generación entera.
La experiencia dejó claro que los algoritmos pueden detectar patrones, pero no pueden interpretar consecuencias. La IE integra patogenicidad, vulnerabilidad, proporcionalidad, impacto social y responsabilidad ética. La IA puede procesar datos; la IE decide qué significan. Durante la pandemia, la IE no solo guió la acción: corrigió la ceguera algorítmica y protegió a la niñez puertorriqueña de un daño que ningún modelo matemático podía cuantificar.
Un marco conceptual para entender la salud pública en el siglo XXI
La historia de la salud pública en Puerto Rico —desde Ashford hasta Arbona, desde la regionalización hasta la privatización, y ahora desde la Inteligencia Epidemiológica (IE) hacia la Inteligencia Artificial (IA)— revela un patrón profundo: los sistemas de salud no fracasan ni triunfan por tecnología o por ideología, sino por la calidad del juicio que los guía.
La regionalización fue un acto de IE: una intervención poblacional diseñada para corregir la “enfermedad estructural” de la fragmentación, garantizando continuidad, equidad territorial y rutas de atención basadas en necesidad. Su lógica era epidemiológica: definir poblaciones, distribuir recursos según riesgo y asegurar acceso oportuno. Pero también tenía límites: burocracia, escasez, rigidez territorial y una experiencia subjetiva del paciente que a veces se vivía como pérdida de autonomía.
La privatización prometió corregir esos defectos, y en algunos ámbitos —como la salud dental (a expensas de los bajos honorarios a dentistas) y el acceso a ciertos medicamentos— produjo mejoras reales. También devolvió a muchos pacientes una sensación de libertad y agencia que la regionalización no supo cultivar. Pero su lógica es económica, no poblacional: fragmenta, incentiva duplicación, amplifica inequidades y, sin fiscalización, abre la puerta a enriquecimiento indebido. La experiencia internacional confirma lo que ocurrió en Puerto Rico: la privatización erosiona la planificación territorial y debilita la equidad, incluso cuando mejora la experiencia individual de algunos.
La Inteligencia Epidemiológica (IE) es el puente entre ambos mundos. La IE entiende que ningún modelo —ni regionalizado ni privatizado— puede funcionar sin juicio causal, sin comprensión de mecanismos, sin control de sesgos y sin deliberación ética. La IE ve lo que los modelos no ven: el daño colateral, la desigualdad oculta, la experiencia humana, la historia, la cultura, la vulnerabilidad. La IE es la brújula.
La Inteligencia Artificial (IA), en cambio, ofrece velocidad, escala y capacidad predictiva sin precedentes. Pero no entiende causalidad, ni contexto, ni ética, ni responsabilidad. La IA puede sugerir patrones, pero no puede decidir qué significan. Puede optimizar procesos, pero no puede definir justicia. Puede procesar datos, pero no puede procesar consecuencias.
Por eso, el marco conceptual que emerge de esta historia es claro:
La regionalización organiza el sistema según necesidad.
La privatización organiza el sistema según incentivos.
La IA organiza los datos según patrones.
La IE organiza el juicio según causalidad, equidad y responsabilidad.
La salud pública del siglo XXI no puede depender exclusivamente de ninguno de estos modelos. Necesita la planificación territorial de la regionalización, la agilidad operativa del sector privado, la capacidad analítica de la IA y, sobre todo, la sabiduría causal y ética de la IE.
Porque al final:
La IA calcula; la IE comprende. La privatización innova; la regionalización protege. Pero solo la IE puede decidir qué es justo, qué es necesario y qué es humano.
Ese es el legado de nuestra historia. Y es también la brújula para nuestro futuro.
El juicio epidemiológico como un acto cognitivo de cambio de régimen computacional
Resumen
Los avances recientes en inteligencia artificial generativa (GenAI) han renovado el interés en la automatización del razonamiento científico, incluido el análisis causal en epidemiología. Aunque los modelos de lenguaje de gran escala (LLMs) muestran un desempeño notable en el reconocimiento de patrones y la síntesis estadística, sus limitaciones en el razonamiento causal son fundamentales más que técnicas. Este artículo replantea el juicio epidemiológico como un acto cognitivo de cambio de régimen: la transición deliberada del razonamiento estadístico inductivo al razonamiento simbólico deductivo. Sostenemos que la inferencia causal es computacionalmente irreducible y, por lo tanto, no puede ser establecida únicamente mediante sistemas optimizados por gradientes. Esta perspectiva aclara el papel adecuado de la GenAI en la investigación epidemiológica y refuerza la centralidad del juicio humano en el análisis causal.
1. Introducción
La epidemiología ha dependido históricamente de una combinación de modelación estadística y razonamiento causal para inferir relaciones entre exposiciones y desenlaces. Con la aparición de sistemas de GenAI capaces de sintetizar grandes volúmenes de texto y datos, ha surgido la pregunta de si estos sistemas pueden automatizar la inferencia causal. Aunque estos modelos destacan en identificar asociaciones y generar narrativas plausibles, su capacidad para establecer causalidad sigue siendo limitada.
Esta limitación no se debe simplemente a falta de datos o complejidad insuficiente del modelo. Refleja, más bien, una distinción computacional profunda entre la inferencia estadística inductiva y el razonamiento causal deductivo. Reconocer esta distinción permite articular el juicio epidemiológico como un acto cognitivo que implica cambiar entre regímenes computacionales fundamentalmente distintos.
2. Dos regímenes computacionales en epidemiología
2.1 El régimen estadístico–inductivo
El régimen estadístico se caracteriza por la inferencia inductiva a partir de datos observados. Sus rasgos principales incluyen:
Estimación de asociaciones (p. ej., razones de riesgo, razones de momios)
Optimización del ajuste del modelo
Cuantificación probabilística de la incertidumbre
Sensibilidad al tamaño de muestra y a la variabilidad
Este régimen es adecuado para la optimización basada en gradientes y constituye el dominio en el que los LLMs y otros sistemas de GenAI muestran mayor fortaleza. Responde preguntas del tipo: ¿Qué patrones están presentes en los datos?
2.2 El régimen simbólico–deductivo
La inferencia causal, en contraste, opera en un régimen simbólico gobernado por supuestos explícitos y restricciones lógicas. Sus características incluyen:
Razonamiento contrafactual
Diagramas causales (DAGs)
Identificación de confusión, mediación y sesgo de selección
Necesidad lógica en lugar de plausibilidad probabilística
Este régimen responde a una clase distinta de preguntas: ¿Bajo qué supuestos esta asociación debe ser causal?
El razonamiento simbólico requiere ejecución exacta de reglas y consistencia lógica paso a paso. No es optimizable mediante gradientes y no admite atajos estadísticos.
3. Irreducibilidad computacional e inferencia causal
La inferencia causal es computacionalmente irreducible en el sentido de que sus conclusiones no pueden derivarse sin ejecutar explícitamente la estructura lógica subyacente. Las afirmaciones contrafactuales —centrales para el razonamiento causal— no pueden inferirse directamente de datos observados, independientemente del tamaño de la muestra o la sofisticación del modelo.
Esta irreducibilidad implica que ningún grado de reconocimiento estadístico de patrones puede sustituir el razonamiento causal explícito. Aunque los modelos estadísticos pueden informar hipótesis causales, no pueden validarlas sin la ejecución simbólica de supuestos y restricciones lógicas.
4. El juicio epidemiológico como cambio de régimen
El acto definitorio del juicio epidemiológico no se encuentra dentro de ninguno de los dos regímenes, sino en la transición entre ellos. Esta transición ocurre cuando el investigador determina que la asociación estadística ha alcanzado su límite epistémico y que debe invocarse el razonamiento causal.
Ejemplos incluyen:
Reconocer que una asociación estadísticamente robusta puede estar confundida
Evaluar si un diagrama causal representa adecuadamente el proceso generador de datos
Valorar la plausibilidad de los supuestos contrafactuales
Este cambio de régimen es contextual, dependiente de supuestos e irreducible. No puede automatizarse porque los criterios para cambiar no están codificados en los datos mismos.
5. Implicaciones para la GenAI en epidemiología
Los sistemas de GenAI pueden contribuir de manera significativa a la investigación epidemiológica mediante:
Resúmenes de literatura
Generación de hipótesis
Identificación de patrones estadísticos
Redacción de narrativas analíticas
Sin embargo, no pueden reemplazar el juicio epidemiológico porque permanecen confinados al régimen inductivo. No ejecutan lógica causal simbólica, no imponen necesidad contrafactual ni determinan cuándo la inferencia inductiva debe ceder ante el razonamiento deductivo.
Los sistemas híbridos —que combinan intuición estadística con ejecución simbólica— reflejan la estructura del razonamiento epidemiológico con mayor fidelidad que los modelos puramente inductivos.
6. Conclusión
El juicio epidemiológico se entiende mejor como un acto cognitivo de cambio de régimen: la transición deliberada de la inferencia estadística inductiva al razonamiento causal deductivo. La inferencia causal es computacionalmente irreducible y, por lo tanto, resistente a la automatización completa mediante sistemas de GenAI. Reconocer esta distinción aclara tanto las promesas como los límites de la inteligencia artificial en epidemiología y reafirma el papel central del juicio humano en el análisis causal.
Idea central
La inferencia causal no es una extensión de la modelación estadística, sino un régimen computacional distinto que requiere ejecución simbólica; el juicio epidemiológico reside en el acto irreducible de cambiar entre estos regímenes.
PD: En España —y en buena parte del mundo hispanohablante académico— “régimen computacional” es perfectamente correcto, pero la palabra régimen puede sonar autoritaria, política, pesada y demasiado institucional cuando se usa fuera de contextos técnicos.
En informática, matemáticas y ciencias cognitivas, régimen se usa con naturalidad para referirse a modos de funcionamiento, marcos operativos, zonas de comportamiento, etc. Pero en un texto de epidemiología o filosofía de la ciencia, especialmente si se quiere un tono más elegante o menos cargado, hay alternativas que funcionan igual de bien —y a veces mejor.
Opciones más suaves y naturales en español
Equivalentes que mantienen la precisión conceptual sin la carga política:
1. “marco computacional”
Suave, académico, muy usado en España y América Latina
Evita cualquier connotación política
Mantiene la idea de un conjunto de reglas o principios
Ejemplo:El juicio epidemiológico implica cambiar de un marco computacional inductivo a uno deductivo.
2. “modo de funcionamiento computacional”
Más descriptivo
Muy claro para lectores no técnicos
Ejemplo:La inferencia causal requiere un modo de funcionamiento computacional distinto al de la estadística inductiva.
3. “dominio computacional”
Elegante y geométrico
Encaja bien con tu sensibilidad conceptual
Ejemplo:La causalidad opera en un dominio computacional irreducible.
4. “esfera computacional”
Más filosófico
Útil si quieres un tono más amplio o metafórico
5. “paradigma computacional”
Más fuerte, pero sin la carga política
Útil si quieres enfatizar diferencias profundas
Dado el tono metodológico y filosófico del manuscrito, la opción más equilibrada es “marco computacional”. Es clara, elegante, académica y evita cualquier resonancia autoritaria.
El artículo, publicado el 21 de abril de 2025 por Sara Novak, explora el futuro del manejo y tratamiento del COVID prolongado, una condición que afecta aproximadamente al 8% de las personas que han tenido COVID-19 en Estados Unidos. A pesar de los avances en el reconocimiento de sus síntomas, aún no existen pruebas diagnósticas o tratamientos estándar para esta condición. Se destacan cinco predicciones clave para el futuro:
Tratamientos más enfocados y mejorados: Gracias a una mayor comprensión de los mecanismos subyacentes—como los reservorios virales, el impacto en el microbioma intestinal y los efectos sobre las mitocondrias—se anticipa el desarrollo de terapias dirigidas, incluyendo combinaciones de antivirales y anticuerpos monoclonales, para erradicar la infección residual.
Avances significativos con anticuerpos monoclonales: Se están llevando a cabo estudios, incluido un ensayo clínico a gran escala en UCSF, que evalúan si los anticuerpos monoclonales pueden aliviar rápidamente los síntomas del COVID prolongado, ofreciendo esperanza a muchos pacientes.
Terapias antivirales en combinación: Aunque medicamentos como Paxlovid inicialmente mostraron poca eficacia, investigaciones recientes sugieren que, administrados en combinaciones y durante periodos prolongados, podrían reducir la carga viral de los reservorios en el cuerpo.
Medicina de precisión basada en fenotipos: El reconocimiento de que el COVID prolongado abarca varios subtipos o fenómenos—diferenciados por síntomas como fatiga, alteraciones sensoriales o problemas respiratorios—motivará estudios que agrupen pacientes según su perfil clínico, permitiendo tratamientos más personalizados.
Comprensión del comportamiento de nuevas cepas: La evidencia sugiere que las variantes más recientes de SARS-CoV-2 generan casos de COVID prolongado menos severos en comparación con las cepas iniciales; sin embargo, los expertos reconocen que aún persisten casos graves, lo que demanda mayor investigación.
El artículo también señala la preocupación de los expertos ante recortes en el financiamiento de la investigación, lo que comprometerá el avance en el diagnóstico y tratamiento del COVID prolongado.
La vacunación contra la COVID-19 ha demostrado proteger no solo contra la enfermedad severa, sino también reducir el riesgo de desarrollar síntomas persistentes o “COVID prolongada”. Diversos estudios indican que, en adultos, el riesgo de presentar efectos a largo plazo se reduce en aproximadamente un 27% en aquellos que estaban completamente vacunados antes de la infección .
En particular, las vacunas fueron inicialmente diseñadas utilizando las cepas originales del virus, lo que les permitió ofrecer una protección robusta contra formas graves de la enfermedad y, consecuentemente, disminuir las secuelas a largo plazo asociadas a esos primeros brotes. Aunque el virus ha evolucionado y han surgido nuevas variantes, la experiencia inicial con las vacunas destaca la importancia de la inmunización primaria para reforzar la respuesta del organismo y limitar complicaciones postinfecciosas .
Es fundamental mantenerse al día con los esquemas de vacunación recomendados, ya que la efectividad de la vacuna puede disminuir con el tiempo y se han desarrollado refuerzos para mejorar la protección frente a las nuevas variantes. Esta estrategia no solo protege la salud individual, sino que además ayuda a reducir la carga sobre los servicios sanitarios al disminuir la incidencia de síntomas prolongados y sus complicaciones.
José Becerra, MD, MPH, FACPM Atlanta, GA and San Juan, Puerto Rico
Retired Centers for Disease Control Medical Epidemiologist
Adjunct Associate Professor of Epidemiology and Biostatistics Graduate School of Public Health, Medical Sciences Campus University of Puerto Rico
La Salud Pública en la Encrucijada: Reflexiones a Cinco Años de la Pandemia de COVID-19
Han pasado cinco años desde que el mundo enfrentó una de las mayores crisis de salud pública de su historia reciente. La pandemia de COVID-19 no solo transformó la vida de miles de millones de personas, sino que también cambió de manera fundamental nuestra visión sobre la salud pública y cómo enfrentamos emergencias sanitarias. Aunque hemos avanzado en algunos frentes, el legado que dejó la pandemia está marcado por una inquietante tendencia a la privatización de la salud pública, y es hora de detenernos a reflexionar sobre sus implicaciones.
De lo Colectivo a lo Privado
Uno de los cambios más notables que surgieron durante la pandemia fue el paso de un enfoque de salud pública liderado por instituciones gubernamentales a un modelo ampliamente dominado por empresas privadas. El desarrollo y distribución de vacunas, tan crucial para controlar el virus, fueron liderados principalmente por corporaciones farmacéuticas. Si bien estos avances científicos fueron extraordinarios, el papel limitado de los gobiernos dejó expuestos problemas que aún persisten.
En muchas comunidades, obtener una cita para vacunarse se asemejaba a un juego de suerte lleno de frustraciones, dependiendo de sistemas de registro desorganizados gestionados por empresas privadas o asociaciones público-privadas con recursos desiguales. La recopilación y difusión de datos esenciales, una responsabilidad históricamente pública, también se trasladó a manos privadas. Universidades y medios independientes, como The Atlantic, asumieron funciones que anteriormente estaban bajo el control de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Esta fragmentación de responsabilidades sembró desconfianza en las instituciones públicas y desdibujó las líneas de lo que significa actuar bajo el interés colectivo.
Una Confianza Erosionada
El auge de voces no oficiales, desde «influencers» en redes sociales hasta propagadores de teorías de conspiración, exacerbó la crisis de información. La prensa comercial proclive al sensasionalismo —hasta el extremo de promover el “terrorismo mediático“— socavaba la confianza en las instituciones gubernamentales. Esto no solo complicó las decisiones individuales sobre vacunas o medidas preventivas, sino que también debilitó la confianza pública en la ciencia y en los organismos responsables. Ahora enfrentamos un panorama en el que figuras como presentadores de podcasts tienen, para algunos, la misma autoridad que expertos en epidemiología y en enfermedades infecciosas.
Esta erosión de confianza no es trivial. La desinformación no solo causa daños inmediatos, sino que dificulta aún más la implementación de medidas en futuros brotes. En un momento en el que deberíamos estar fortaleciendo nuestras instituciones de salud pública, algunas ya han sufrido recortes presupuestarios y reducciones en sus capacidades de investigación y respuesta.
El Costo de la Privatización de la Salud Pública
El modelo actual, con un marcado enfoque privado, presenta riesgos latentes. ¿Qué sucede cuando las decisiones vitales sobre vacunas, pruebas y vigilancia de enfermedades recaen en entidades que priorizan las ganancias? La falta de control público puede traducirse en acceso limitado a tratamientos, mayores costos para los pacientes y desigualdades que ponen en peligro la salud de comunidades enteras. Si dejamos la vigilancia de pandemias en manos de empresas tecnológicas o farmacéuticas, podríamos enfrentarnos a problemas de transparencia, conflictos de interés y desequilibrios en el acceso a la información crítica.
Un Llamado a Reflexionar
El enfoque actual de individualizar la salud, delegando gran parte de las responsabilidades al ámbito privado, es una receta para la desconexión y, eventualmente, el desastre. Tenemos que revalorar la salud pública como lo que realmente es: un bien común, un esfuerzo colectivo que no debe estar sujeto únicamente a las leyes del mercado.
Si aprendimos algo durante la pandemia de COVID-19, es que los logros más grandes, ya sea contener una enfermedad o movilizar una respuesta masiva, requieren de un compromiso profundo con el bienestar de todos. Esta es nuestra oportunidad de exigir un regreso a los principios de equidad, colaboración y responsabilidad colectiva. La construcción de un mundo más preparado y justo no es tarea de un solo sector o individuo, sino de todos nosotros juntos.
Volvamos a creer en la salud pública y en su capacidad para protegernos como sociedad. Porque en las crisis futuras, el poder de lo colectivo no solo será necesario, sino indispensable.
El aumento de las temperaturas y la movilidad tras la covid-19 han incrementado significativamente los contagios de dengue. En 2023 se alcanzó un máximo histórico con más de 6,5 millones de casos, superado en abril de 2024 con al menos 7.890.546 casos en los primeros cuatro meses del año. Para mayo, los casos rozaban los 10 millones, con 5.366 muertes confirmadas, principalmente en América Latina. Se espera que las infecciones sigan aumentando, especialmente en los países tropicales del hemisferio norte, donde la temporada de mayor circulación del virus ocurre en la segunda mitad del año.
Aunque solo un pequeño porcentaje de los infectados presenta síntomas graves, el tratamiento del dengue requiere grandes recursos sanitarios, lo que supone un desafío para los países afectados. La OMS incluye el dengue en la lista de “enfermedades tropicales desatendidas” y, debido a su explosión en América Latina y África, declaró una emergencia de grado 3 en diciembre de 2023, que aún sigue vigente. En Burkina Faso, cerca de 800 personas han muerto desde el inicio del último brote a finales del año pasado.
Figura 1: Pruebas totales Fuente: covid19datos.salud.gov.pr/Figura 2: Tasa de positividad Fuente: covid19datos.salud.gov.pr/
La prensa comercial ávida del sensacionalismo cita a algunos expertos preocupados por una alta tasa de positividad, históricamente la más alta. Sin embargo, es una media verdad. Por ejemplo, 4 de 10 representa una tasa mayor que 350 por 1,000, pero 4 es mucho menor que 350, ¿no es así?
La graficas que anteceden demuestran la falacia de utilizar la tasa de postividad para analizar la situación actual de COVID-19 en Puerto Rico. Esto es así porque se están realizando mucho menos pruebas actualmente y dado que las pruebas negativas caseras (de antígeno) casi no se informan, tal subregistro causa un falso aumento en la tasa de positividad.
Figura 3: Casos totales Fuente: covid19datos.salud.gov.pr/
Sin embargo, los casos de COVID-19 ciertamente demuesttran una tendencia ascendente este verano de 2024, como lo demuestra la Figura 3. Aún así, la magnitud del aumento de casos es todavía mucho menor que en el pasado y no debe ser causa de alarma, aunque sí de alerta ante el aumento en la transmisión comunitaria del SARS-Cov-2 para casi todos los grupos de edad en Puerto Rico, con una transmisión relativamente mayor en la población de adultos mayores (> 60 años). Se debe tener en cuenta que aún no se pueden predecir las consecuencias de la infección por SARS-CoV-2 a largo plazo y que la prevención de COVID-19 es siempre recomendable.
La mortalidad y las hospitalizaciones por COVID-19 muestran un patrón similar a los casos COVID-19 reportados (Figuras 4 y 5).
la cantidad absoluta es mucho menor que para la población adulta, siendo sujeta a una mayor imprecisión de los datos que llegan al DSPR desde los hospitales. Como sea, la capacidad de camas es suficiente para absorber el aumento (Figura 7), aunque la disponibilidad de especialistas para atender esos casos es un importante dato actualmente imponderable.
No existe evidencia de que las variantes actuales del SARS-Cov-2 que circulan en Puerto Rico sean más transmisibles o más letales que las variantes anteriores.
Es importante tomar en consideracion el status de inmunidad, tanto por vacunación (Figura 8) como por infección natural, para evaluar el impacto del actual repunte en la población, prestando particular atención a la probable menguante protección inmunológica, como lo indica el aumento en la tasa de reinfección. Es evidente que la inmensa mayoría de las personas (Figura 8, amarillo dorado) tampoco han recibido la vacuna actualizada del otoño pasado y por eso se reportan como “sin vacunas al día”.
Figura 9: Tasa de Reinfección Fuente: DSPR. 9054 (pr.gov)
Recomendaciones CDC sobre vacunación
Al 12 de septiembre del 2023, las vacunas actualizadas para 2023-2024 de Pfizer-BioNTech y Moderna contra el COVID-19 son las recomendadas por los CDC para usar en los Estados Unidos.
Las vacunas actualizadas para 2023-2024 contra el COVID-19 son las que mejor permiten combatir el linaje XBB de la variante ómicron y podrían restablecer la protección contra el COVID-19 grave que pueda haber ido disminuyendo con el tiempo. Prevemos que las vacunas actualizadas serán más efectivas para combatir las variantes en circulación en la actualidad.
No existe ninguna recomendación preferencial sobre el uso de una vacuna contra el COVID-19 por sobre otra cuando se dispone de más de una vacuna aprobada o autorizada, recomendada y apropiada según la edad.
Recomendación actualizada de la vacuna contra el COVID-19 2024-2025
Los CDC recomiendan que todas las personas de 6 meses de edad o más reciban una vacuna actualizada contra el COVID-19 2024-2025 para protegerse contra los resultados potencialmente graves del COVID-19 este otoño e invierno, independientemente de que alguna vez se hayan vacunado con una vacuna contra el COVID-19 o no. Las vacunas actualizadas contra el COVID-19 estarán disponibles en Moderna, Novavax y Pfizer a finales de este año. Esta recomendación entrará en vigor tan pronto como las nuevas vacunas estén disponibles.
El virus que causa el COVID-19, el SARS-CoV-2, siempre está cambiando y la protección de las vacunas contra el COVID-19 disminuye con el tiempo. Recibir una vacuna actualizada contra el COVID-19 2024-2025 puede restaurar y mejorar la protección contra las variantes del virus que actualmente son responsables de la mayoría de las infecciones y hospitalizaciones en los Estados Unidos. La vacunación contra el COVID-19 también reduce la posibilidad de sufrir los efectos del COVID persistente, que puede desarrollarse durante o después de la infección aguda y durar mucho tiempo.
La temporada pasada, las personas que recibieron una vacuna contra el COVID-19 2023-2024 vieron una mayor protección contra la enfermedad y la hospitalización que las que no recibieron una vacuna 2023-2024. Hasta la fecha, cientos de millones de personas han recibido de manera segura una vacuna contra el COVID-19 bajo el monitoreo de seguridad de vacunas más intenso en la historia de los Estados Unidos.
La relación entre enfermedad y poblaciones aviarias
La relación entre enfermedad y poblaciones aviarias refleja una compleja interacción de historia natural e impacto humano. Históricamente, las aves silvestres han coexistido con varios patógenos, a menudo con efectos adversos mínimos. Su exposición a virus de leve morbilidad es un testimonio del equilibrio dinámico establecido entre estas especies y el mundo microbiano. Sin embargo, las actividades humanas han inclinado cada vez más este balance, introduciendo varios factores que exacerban la susceptibilidad de las aves a enfermedades.
En primer lugar, el cambio climático, impulsado por la actividad humana, representa una amenaza significativa para la salud aviar. Un clima cálido puede comprometer los sistemas inmunológicos de las aves, haciéndolas más vulnerables a infecciones. El estrés inducido por temperaturas más altas puede alterar las respuestas fisiológicas, reduciendo su capacidad para combatir enfermedades. Además, a medida que el cambio climático modifica hábitats, las poblaciones de aves pueden concentrarse más en ambientes con mayor hacinamiento, facilitando la propagación de enfermedades a través de un contacto más cercano.
En segundo lugar, la invasión de hábitats naturales que obliga a las aves a compartir espacios menguantes aumenta aún más las posibilidades de transmisión de enfermedades. Esta proximidad no solo facilita la propagación de patógenos existentes sino también proporciona oportunidades para el surgimiento de nuevos agentes infecciosos. La reducción de hábitats naturales, resultado de la expansión urbana, la agricultura y la deforestación, obliga a las aves a congregarse en áreas más pequeñas, donde son más propensas a interactuar y propagar patógenos.
Por último, la práctica de la agricultura industrial (“factory farming”) ha amplificado significativamente el riesgo de propagación y mutación de enfermedades entre las poblaciones aviarias. Las granjas avícolas y lecheras, donde se mantienen grandes números de animales en espacios reducidos, crean condiciones óptimas para que los virus se propaguen rápidamente y muten. Esto no solo afecta a los animales de granja sino también plantea una amenaza para las poblaciones de aves silvestres cuando estos patógenos vuelven al medio ambiente. Un ejemplo de esto es la emergencia de la cepa H5N1, que originalmente infectó a gansos de granja en China antes de propagarse a poblaciones silvestres. Tales incidentes subrayan el papel de las prácticas facilitadas por el ser humano en la evolución y diseminación de enfermedades aviarias.
Estos factores combinados ilustran el profundo impacto que las actividades humanas tienen sobre el mundo natural. Alterando hábitats, acelerando el cambio climático y participando en prácticas como la agricultura industrial, los humanos han creado condiciones que favorecen el brote y la propagación de enfermedades entre las poblaciones de aves. Esto no solo amenaza a las especies aviarias sino que también puede tener graves implicaciones para la salud humana, como se ve con las enfermedades zoonóticas que pueden transferirse de animales a humanos. Abordar estos problemas requiere un enfoque multidisciplinario, incluyendo esfuerzos de conservación, prácticas agrícolas sostenibles y políticas orientadas a mitigar el cambio climático para restaurar el delicado equilibrio entre las aves y su entorno.
Intersección de la salud animal, la agricultura y la conservación de la vida silvestre
La cuestión de la gripe aviar y su impacto tanto en poblaciones de aves domésticas como silvestres destaca un desafío crítico en la intersección de la salud animal, la agricultura y la conservación de la vida silvestre. La necesidad de que los agricultores mantengan la salud de su ganado, protejan sus negocios y mitiguen los riesgos para los trabajadores agrícolas y el potencial de transmisión zoonótica exige una acción rápida cuando ocurren brotes. Sin embargo, la respuesta a menudo implica medidas drásticas como el sacrificio de rebaños enteros, una práctica que ha llevado a la muerte de decenas de millones de gallinas desde 2022. Esta respuesta, aunque dirigida a contener la propagación del virus, plantea preocupaciones éticas significativas, especialmente cuando se emplean métodos como el cierre de ventilación, que lleva a un sufrimiento prolongado y la muerte por sobrecalentamiento, una técnica criticada por grupos de bienestar animal como innecesariamente cruel.
La cantidad impresionante de aves domésticas y silvestres afectadas subrayan la urgencia de encontrar estrategias más humanas y efectivas para manejar y prevenir brotes. El hecho de que hasta 66 millones de pollos y pavos hayan sido sacrificados usando métodos controvertidos desde 2022 subraya la necesidad de medidas de bioseguridad mejoradas y consideraciones éticas en la avicultura.
La interfaz entre las poblaciones de aves silvestres y cautivas es un punto crítico de preocupación. Los esfuerzos para minimizar las interacciones entre estos grupos son vitales para prevenir la propagación de la gripe aviar, sin embargo, esto resulta ser una tarea muy difícil debido a los desafíos para aislar poblaciones animales densamente mantenidas en granjas. Los fallos en las medidas de bioseguridad, o la falta de implementación adecuada, pueden tener efectos devastadores en las poblaciones de aves silvestres, como lo evidencian las significativas muertes en varias especies a través de América del Norte y Europa.
Pérdidas significativas entre especies como aves marinas atlánticas, charranes patinegros y gansos subrayan la amenaza que enfermedades como la gripe aviar representan no solo para los intereses agrícolas y el bienestar animal, sino también para la biodiversidad y la salud de los ecosistemas.
La cepa de gripe aviar que se propagó por América del Norte desencadenó una temporada de plagas para las aves marinas atlánticas cuando apareció por primera vez a finales de 2021 en una granja de Terranova. Desde abril hasta septiembre de 2022, la gripe aviar mató a aproximadamente 41,000 aves silvestres en Canadá. Al menos el 17 por ciento de la población reproductora de charranes patinegros en el noroeste de Europa, más de 20,000 aves, fallecieron. Y desde noviembre de 2022 hasta enero de 2023, el virus mató a miles de gansos silvestres de Ross y de nieve en Dakota del Norte, Kansas, Indiana y California.
Necesidad de enfoques integrales
Esta situación enfatiza la necesidad de enfoques integrales que equilibren las demandas de productividad agrícola con los imperativos de bienestar animal y conservación ambiental. Requiere un esfuerzo internacional, de múltiples partes interesadas, para abordar los complejos desafíos presentados por la influenza aviar, incorporando bioseguridad avanzada, estrategias de vacunación y consideraciones éticas para mitigar el impacto tanto en poblaciones de aves domésticas como silvestres. Tales esfuerzos deberían apuntar no solo a proteger la salud animal y prevenir pérdidas económicas, sino también a preservar la biodiversidad global y evitar la erosión adicional del patrimonio natural de nuestro planeta.
El calentamiento global provocado por la actividad humana amenaza las recuperaciones futuras de las poblaciones de aves en América del Norte, agravando los efectos de enfermedades como la gripe aviar. Un ejemplo claro fue el fracaso reproductivo sin precedentes en una colonia de alcatraces norteños en 2022, exacerbado por una ola de calor marina. Las temperaturas más cálidas, que se prevé sean más comunes, complican la recuperación de las aves al profundizar problemas como la escasez de alimentos, la contaminación y la pérdida de hábitat. La propagación descontrolada de virus altamente patógenos representa un riesgo no solo para especies en peligro como el frailecillo atlántico y el charrán rosado sino también para la salud humana y el ganado. Este contexto destaca la responsabilidad humana en el sufrimiento de las aves debido a la agricultura industrial, el cambio climático y la destrucción de hábitats, subrayando la necesidad de considerar el impacto ecológico más allá de la perspectiva humana.
Preocuparse solo por la perspectiva de la infección humana traiciona un narcisismo ecológico. No debemos ignorar el sufrimiento no humano por el cual somos responsables, a través de la agricultura industrial, el cambio climático antropogénico y la destrucción de hábitats.
Aunque probablemente no debemos preocuparnos inmediatamente por contraer la gripe aviar a través de la carne, los huevos o los productos lácteos, este es un buen momento para reducir el consumo de productos que contribuyen al cambio climático (como la carne de res, por el consecuente aumento en gases de efecto invernadero) o perpetúan la crueldad (como los huevos de gallinas enjauladas). Las mismas granjas industriales que causan sufrimiento animal excesivo también pueden funcionar como reservorios de enfermedades.
Un compromiso duradero con toda la vida planetaria —humana y no humana — reduciría el riesgo de que las enfermedades zoonóticas se transmitan a los humanos. Pero salvar el planeta para nuestro propio beneficio es solo ligeramente menos miope que destruirlo en detrimento nuestro. Como sus habitantes más influyentes y destructivos, tenemos el deber de cuidar toda la naturaleza, no solo a sus habitantes humanos.
Asisto a la Reunión Anual del Servicio de Inteligencia Epidemiológica (EIS, por sus siglas en inglés) de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) en Atlanta, Georgia desde el 1985 cuando ingresé a ese programa de entrenamiento en epidemiología práctica, luego de completar mis estudios postgrado de medicina en salud pública y epidemiología.
La Reunión Anual, siempre en la primavera, cuenta con un componente integral y prestigioso conocido como la Conferencia Langmuir. Nombrada en honor al Dr. Alexander D. Langmuir, el fundador del programa EIS en 1951 y una figura influyente en el campo de la epidemiología, esta serie de conferencias honra su legado.
El Dr. Langmuir era conocido por sus significativas contribuciones a la salud pública, particularmente en el establecimiento de métodos sistemáticos para la vigilancia epidemiológica y respuesta ante brotes de enfermedades. La conferencia que lleva su nombre refleja estos valores al enfocarse en temas vitales dentro de la epidemiología y la salud pública.
Cada año, un experto distinguido en el campo de la salud pública o epidemiología es invitado a impartir la Conferencia Langmuir. El ponente seleccionado discute sobre los problemas actuales, desafíos y avances en la lucha contra las enfermedades, ofreciendo perspectivas basadas en su investigación y experiencia. Esta conferencia no solo sirve como un tributo al impacto duradero del Dr. Langmuir en la salud pública, sino también como un foro para compartir conocimientos, iniciar discusiones e inspirar a la próxima generación de profesionales de la salud pública y epidemiólogos.
En la Conferencia Langmuir de este año 2024, el Dr. Atul Gawande presentó un análisis exhaustivo de la longevidad en los países y regiones del mundo. Como indicador principal recomendó el índice de mortalidad prematura (< 50 años de edad) como métrica internacional idónea para comparar el progreso del estado de salud en el mundo. Países como Tailandia y Costa Rica han logrado avances en la longevidad comparables con los de Estados Unidos, pero con mucho menos recursos. Esto es debido a que, distinto a los Estados Unidos con su énfasis en la medicina especializada y un sistema de salud fragmentado, esos países han priorizado la atención médica primaria integrada a los servicios de salud comunitarios.
El compromiso ético de procurar el acceso universal a los servicios de salud me hizo recordar a otra figura prominente del EIS, el Dr. William Foege (EIS 1962), autor del libro “Fears of the Rich, Needs of the Poor.” El Dr. Foege es un epidemiólogo y experto en salud pública estadounidense altamente estimado, conocido principalmente por su papel crucial en el esfuerzo exitoso para erradicar la viruela durante la segunda mitad del siglo XX.
La viruela fue oficialmente declarada erradicada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 8 de mayo de 1980. Esta declaración marcó el fin de una larga y concertada campaña mundial de vacunación contra la enfermedad, haciendo de la viruela la primera y, hasta la fecha, la única enfermedad humana en ser erradicada por esfuerzos deliberados de intervención sanitaria. El éxito de esta campaña sigue siendo uno de los mayores logros en la historia de la salud pública.
Sirviendo como Director de los CDC de 1977 a 1983, el Dr. Foege ha sido instrumental en dar forma a las políticas e iniciativas de salud pública tanto en Estados Unidos como a nivel global. Sus estudiantes y colegas lo reconocemos por acuñar el concepto de “epidemiologia consecuente” (“consequential epidemiology”).
La epidemiología consecuente se refiere a la práctica de aplicar los principios y hallazgos epidemiológicos no solo para entender los problemas de salud sino para provocar cambios significativos y positivos en los resultados de salud pública. Foege, conocido por su enfoque innovador en salud pública, enfatiza la importancia de usar la epidemiología como una herramienta para la acción — una que debería llevar a intervenciones y políticas que tengan impactos reales y medibles en las comunidades y poblaciones.
Este concepto va más allá de la epidemiología tradicional, que a menudo se centra en identificar patrones, causas y efectos de las condiciones de salud y enfermedad en poblaciones específicas. La epidemiología consecuente utiliza este conocimiento para implementar soluciones prácticas y abogar por cambios que mejoren la salud pública a gran escala. Es un enfoque que demanda creatividad, pensamiento crítico y la voluntad de participar en la defensa de la salud pública y la formulación de políticas.
La perspectiva de Foege sobre la epidemiología consecuente muestra su creencia de que los profesionales de la salud pública no solo deben ser científicos, sino también defensores del cambio. Deben esforzarse por asegurar que su trabajo conduzca a mejoras tangibles en la salud y la vida de las personas. Su propia carrera, notablemente su liderazgo en el programa de erradicación de la viruela, ejemplifica cómo los conocimientos epidemiológicos pueden transformarse en exitosas estrategias globales de salud. Este enfoque ha influenciado a muchos en salud pública a pensar más ampliamente sobre su papel en la sociedad y el impacto que pueden lograr a través de su trabajo.
Durante su mandato como director de CDC, el Dr. Foege expandió el enfoque de la agencia para incluir un rango más amplio de problemas de salud pública, incluyendo enfermedades crónicas, ocupacionales, ambientales y discapacidades, sentando así las bases para el papel moderno de los CDC como líderes en la prevención y control tanto de enfermedades infecciosas como crónicas, incluyendo la prevención de la violencia.
Las contribuciones de Foege a la salud pública han sido reconocidas con numerosos premios y honores, incluyendo la Medalla Presidencial de la Libertad otorgada por el presidente Barack Obama en 2012. Su legado incluye no solo la erradicación de la viruela sino también avances significativos en la política de salud global, sistemas de entrega de vacunas, y el enfoque general hacia las crisis de salud pública.
En su Conferencia Langmuir del 2021, Dr. Foege expuso que, además del rigor metodológico inherente a la capacitación del científico académico, el objetivo principal del entrenamiento EIS se puede resumir en la frase: la capacitación ética en la ciencia y el arte del sentido común en su máxima expresión (“moral, creative common sense at its best”), un “sentido común” expresado en la profunda sencillez de numeradores precisos y denominadores apropiados para cuantificar —con validez— el impacto de un factor de riesgo que afecte la salud individual y colectiva. Foege toma de Thomas Huxley la idea de la ciencia como sentido común en su máxima expresión (“common sense at its best”), de Will Durant la idea de que el arte de una práctica la dota de creatividad, y de Francis Bacon la idea de que la ciencia, a pesar de su enorme potencial para expandir el conocimiento, carece de compás ético.
Al final de su ponencia, citando a Stephen Luby (EIS 1990), Dr. Foege alerta sobre el peligro para la humanidad de una ciencia amoral, brindando como ejemplos de inminentes amenazas de extinción de la humanidad: i) las armas nucleares, ii) el calentamiento global, iii) la biología sintética (genómica) y iv) la inteligencia artificial. Recordemos que la amenaza del bioterrorismo en los 1950s fue una razón importante para la creación del EIS en 1951.
Dr. Foege resume en cinco retos la situación del programa EIS y de los CDC para el 2021. Estos son: i) constancia en el triple objetivo de capacitación ética, creativa y científica; ii) el estudio de los determinantes sociales de la salud, con énfasis en la salud mental, como marco conceptual de la estrategia de prevención de morbilidad y mortalidad; iii) mayor énfasis en métricas de resultados que en métricas de procesos en la evaluación de la prestación de los servicios de salud; iv) prestar atención a los factores que pueden conducir a la humanidad a su propia extinción; y v) restaurar la confianza pública en los CDC luego de los embates por los bravucones (“bullies”) políticos que amordazaron a la institución, y por los salubristas que traicionaron los fundamentos de la buena práctica de salud pública, durante la pandemia COVID-19.
Se pregunta Dr. Foege en el 2021: ¿han perdido su norte los CDC? Nos recuerda que la misión de la institución que dirigió continúa vigente, esto es: i) eliminar la mortalidad precoz (muertes prematuras), ii) eliminar el sufrimiento innecesario y iii) mejorar la calidad de vida de la población.
Dr. Foege, citando a Lincoln Steffens, dice sobre el 70 aniversario de la fundación del EIS en 2021: “El mejor libro no ha sido escrito. La mejor canción no ha sido cantada. Y el mejor poema está por venir.” Y también afirma,
“Lo mejor del EIS todavía no está escrito, y la peor pandemia está por venir”.
Es esta observación y advertencia final la que motiva esta introducción a una serie de escritos sobre el tema al que alude el título de este ensayo: la próxima pandemia. ¿Estaremos preparados? ¿Hemos aprendido las lecciones de las previas?
Vacunación contra la desinformación (teorías de conspiración)
Iniciativa de Riesgos Existenciales
Según el Dr. Luby, algunos de los peligros más importantes para la humanidad incluyen el conflicto armado que involucra armas nucleares, el calentamiento global, así como el potencial de patógenos genéticamente modificados. Estas amenazas, entre otras, representan un espectro de desafíos que podrían poner en peligro la supervivencia humana, necesitando un enfoque multidisciplinario para la prevención y mitigación.
En particular, el riesgo planteado por las armas nucleares no solo involucra la destrucción inmediata que pueden causar, sino también los impactos ambientales y de salud a largo plazo. De manera similar, el calentamiento global amenaza con desestabilizar los sistemas naturales, llevando a eventos climáticos extremos, pérdida de biodiversidad y disrupciones en las cadenas de suministro de alimentos. Los patógenos genéticamente modificados, si bien prometen avances médicos, también representan riesgos de bioseguridad si son mal utilizados o liberados involuntariamente.
Las medidas preventivas y las prioridades de salud pública discutidas por el Dr. Luby subrayan la importancia de la cooperación global, la innovación científica y estrategias rigurosas de salud pública. Abordar estos riesgos existenciales requiere integrar la investigación científica con políticas públicas y compromiso comunitario, con el objetivo de mitigar amenazas potenciales antes de que escalen a puntos sin retorno.
Estos temas se están explorando más a fondo a través de iniciativas como la Iniciativa de Riesgos Existenciales de Stanford, que busca entender y mitigar los riesgos de extinción humana. Los esfuerzos implican investigación rigurosa, divulgación educativa y defensa de políticas, enfocándose en cómo proteger mejor el futuro de la humanidad frente a estos desafíos sin precedentes.
Dada la complejidad de estas amenazas y la naturaleza interconectada de nuestros sistemas globales, está claro que prevenir la extinción humana no es solo un empeño científico sino también un imperativo moral. El trabajo realizado por investigadores como el Dr. Luby y instituciones como la Universidad de Stanford destaca la importancia crítica de abordar los riesgos existenciales como una prioridad de salud pública integral.
El periodismo superficial y alarmista, más presto a infundir temor que a informar, nos presenta una perspectiva negativa sobre el tema de la inteligencia artificial (IA) en la academia.
Una perspectiva mejor balanceada y más objetiva, que debe ser el objetivo de todo periodista, se puede consultar en varias fuentes, como ésta:
Utilizando una herramienta de IA, he formulado la siguiente pregunta:
P: Escribir un ensayo sobre cómo superar el miedo a la inteligencia artificial en el ámbito académico (fraude, plagio), acuñando un término pegadizo para este miedo. ¿Qué tal si se capacita a los profesores en herramientas de IA para que puedan generar materiales basados en IA, sobre los cuales los estudiantes deben mejorar sustancialmente y defender en exámenes orales para obtener crédito académico y así promover el uso creativo de la IA en la academia?
-JB
La respuesta:
Promoviendo la Creatividad en la Academia: Capacitando a los Profesores en Herramientas de IA
La integración de la Inteligencia Artificial (IA) en la educación presenta una gran cantidad de oportunidades para mejorar las experiencias de enseñanza y aprendizaje. Un enfoque innovador es capacitar a los profesores en herramientas de IA, permitiéndoles generar materiales basados en IA que los estudiantes deben mejorar sustancialmente y defender en exámenes orales para obtener crédito académico. Esta estrategia podría abordar simultáneamente las preocupaciones sobre el mal uso de la IA y promover su uso creativo en la academia.
Entendiendo el Concepto
Este enfoque implica que los profesores usen herramientas de IA para crear contenido académico básico, como borradores de ensayos o resúmenes de investigación. Luego, se les asignaría a los estudiantes la tarea de mejorar estos materiales generados por IA de manera sustancial, agregando sus perspectivas e ideas únicas. El trabajo final se defendería en un examen oral, asegurando que los estudiantes realmente entiendan y puedan articular los conceptos involucrados.
Beneficios del Enfoque
Este método tiene varias ventajas. En primer lugar, alienta a los estudiantes a comprometerse profundamente con el material, promoviendo el pensamiento crítico y la creatividad. La IA puede estimular habilidades de pensamiento de orden superior.
En segundo lugar, proporciona una salvaguarda contra la deshonestidad académica. Dado que los estudiantes deben mejorar el material generado por IA y defender su trabajo verbalmente, no pueden simplemente presentar el trabajo producido por IA textualmente.
Finalmente, ofrece una forma práctica para que los estudiantes aprendan sobre IA y sus aplicaciones. Al interactuar con contenido generado por IA, adquieren experiencia de primera mano sobre cómo funciona la IA, sus capacidades y limitaciones.
Implementando el Enfoque
Para que este enfoque tenga éxito, es necesario capacitar a los profesores en el uso de herramientas de IA. Esto implicaría no solo capacitación técnica, sino también orientación sobre cómo integrar eficazmente la IA en sus estrategias de enseñanza. La formación del profesorado es crucial para aprovechar la IA en la educación.
Además, deberían existir sistemas robustos para evaluar las mejoras de los estudiantes al material generado por IA y sus defensas verbales. Esto podría implicar rúbricas que evalúen el pensamiento crítico, la creatividad y la comprensión del tema.
En conclusión, capacitar a los profesores para usar herramientas de IA para generar materiales para la mejora y defensa de los estudiantes es una forma innovadora de promover el uso creativo de la IA en la academia. Requiere una implementación cuidadosa y formación docente, pero tiene un gran potencial para enriquecer las experiencias académicas mientras se mantiene la integridad académica.
Insto a periodistas y a docentes a mejorar este ensayo, cuidándose de la tecnofobia.
As an epidemiologist, it is essential to recognize the importance of confounding in research studies, especially when examining complex relationships, such as the association between cancer and exposures like alcohol and smoking, or the association of mental health and suicide.
Definition of Confounding
Confounding occurs when a third variable, called a confounder, is associated with both the exposure (e.g., alcohol or smoking) and the outcome (e.g., cancer) under study. This association can lead to a distorted estimate of the relationship between the exposure and outcome, making it challenging to determine the true effect of the exposure on the outcome.
Example of Confounding
In a study investigating the relationship between alcohol consumption and lung cancer, smoking could be a confounding factor. Smoking is associated with both alcohol consumption (exposure) and lung cancer (outcome). If not controlled for, the observed association between alcohol consumption and lung cancer might be partially or entirely because of smoking rather than alcohol itself.
Model 1. Causal association between alcohol drinking and cancer confounded by smoking. The double-head arrow signifies an association that is not causal. The unidirectional arrows imply a causal association.
Application of Confounding Model to Mental Health and Gender Dysphoria
Anxiety and depression, caused by factors ranging from genetics to social determinants of health, may be symptoms associated with major mental illnesses, such as depressive, or bipolar disorders. These symptoms may lead to suicide. Gender dysphoria is also associated with anxiety and depression, and therefore, its contribution to suicide may be confounded by its association with anxiety and depression. The directionality of gender dysphoria as the cause of depression and anxiety has not been proven.
The fact that suicide rates, as well as reported symptoms of anxiety and depression have continued to increase in population surveys — among teenage girls in particular — despite mitigating interventions to prevent stigmatization, argues against the currently prescribed causal relationship. Furthermore, the observed reduction in suicides in reported case series would need further assessment to rule out a temporary effect due to celebrity status.
Model 2. Casual association between gender dysphoria and suicide confounded by anxiety and depressive symptoms. The double-head arrow signifies an association that is not causal. The unidirectional arrows imply a causal association.
Strategies to Control for Confounding Variables
Study Design: Researchers can use matching or stratification in their study designs to control for potential confounders. Stratification in the analysis would achieve a similar purpose. However, the potential confounders would need to be considered in estimating the sample size of the study to count with enough observations in each stratum for a robust analysis.
Statistical Analysis: Using multivariable regression models, researchers can adjust for confounders by including them as covariates in the analysis. This approach helps isolate the independent effect of the exposure on the outcome while accounting for potential confounding variables.
Randomization: In experimental studies, randomization ensures that participants are assigned to exposure groups by chance, minimizing the likelihood of confounding. However, often this method is not always feasible, as it is not in this case, and we need to rely on observational studies. Given that, in this instance, recall bias of case-control studies would lead to an insurmountable bias, the cohort study design would be preferred.
In cohort study designs, researchers follow a group of individuals over time, tracking exposures and outcomes, and comparing the incidence of the outcome between exposed and unexposed groups. The cohorts under study are usually observed prospectively.
As of 2022, a systematic review of the publication-biased clinical literature about gender dysphoria and gender-affirming care would readily reveal that no well-designed cohort studies with clear and unambiguous exposure definitions, adequate study power, and sufficient period of observation have been conducted. Instead, case series and expert opinions have been presented as evidence to support standards of gender-affirming care with unproven claims of reversible effects.
The Reverse Causation Hypothesis of Abigail Shrier
Jun 29, 2021 (copyright 2000)
Abigail Shrier’s Irreversible Damage: The Transgender Craze Seducing Our Daughters is a work that has ignited intense discourse and debate within the realm of transgender studies and beyond. The book primarily focuses on the recent surge in adolescent girls identifying as trans boys, attributing this not to gender dysphoria or transgenderism but to a social contagion fueled by peer influence and societal pressures.
Shrier’s book is undeniably well-researched and compassionate, providing a wealth of statistics, personal accounts, and expert testimonials to back her claims. She navigates through complex issues such as botched surgeries and the regret experienced by some individuals post-transition; topics that require careful handling given their sensitive nature. Her exploration of these areas is comprehensive, and she adds a significant contribution to the literature surrounding transgender youth.
“This surge has raised vexing questions. Are these issues inherent to adolescence that merely went unrecognized before — or are they being over diagnosed now? Historical comparisons are difficult, as some data around certain issues, like teen anxiety and depression, began to be collected relatively recently. But the rising rates of emergency-room visits for suicide and self-harm leave little doubt that the physical nature of the threat has changed significantly.” https://www.nytimes.com/2022/04/23/health/mental-health-crisis-teens.html
Analyzing survey responses of more than 84,000 people of all ages in Britain, the researchers identified two distinct periods of adolescence when heavy use of social media spurred lower ratings of “life satisfaction”: first around puberty — ages 11 to 13 for girls, and 14 to 15 for boys — and then again for both sexes around age 19.
For most adolescents in the United States, screens are a big part of life. Nine out of 10 American teenagers have a smartphone, and they are spending many hours a day staring at it — watching videos, playing games and communicating through social media, recent surveys show.
As social media use among teenagers has exploded over the past two decades, so too have rates of depression, anxiety and suicide, leading scientists to wonder if these striking trends could be related.
Some have suggested that social media may have an indirect effect on happiness by displacing other activities, like in-person interactions, exercise or sleep, that are crucial for mental and physical health. Heavy social-media use seems to disturb adolescent sleep patterns, for example.
In epidemiological research, an absolute criterion of causal inference is that the cause must precede the effect (outcome under study). There is ample evidence to suggest that: 1) a preexisting gender gap in anxiety/depression leading to self-harming behavior, 2) a differential effect of social media on teenage girls, and 3) gender dysphoria has historically been very rare and had occurred almost exclusively in males. The fact that we don’t see a similar surge of gender dysphoria among older cohorts of women suggests that social media may have exerted a causal role.
Conclusion
The available evidence suggests that Shrier’s hypothesis cannot be dismissed. Indeed, social media may be exerting a causal role in the gender dysphoria epidemic. Teenage girls are indeed more prone to anxiety and depression leading to self-harm than teenage boys since before the advent of social media. The gap between teenage girls and boys has significantly widened since then, and has been exacerbated by the COVID-19 pandemic. The anecdotal evidence and expert opinion, misconstrued as definitive scientific facts, may be confounded, as shown in model 2, and the warning expressed by Shrier should be seriously considered regardless of the current political polarization of this issue.
Rebuttal:
Abigail Shrier’s Irreversible Damage: The Transgender Craze Seducing Our Daughters presents a narrative that there’s a sudden surge in the number of teen girls identifying as trans boys due to social contagion rather than gender dysphoria or transgenderism. However, several points in her thesis can be challenged based on existing research and scientific understanding of gender identity.
Transgender as a Social Contagion: Shrier posits that the rise in transgender identification among teenagers, particularly those assigned female at birth (AFAB), is a result of social influence or trend. This notion has been widely disputed by experts who argue that gender identity isn’t something that can be influenced by trends or peer pressure. The American Psychological Association (APA) asserts that being transgender is not a mental disorder and is a deeply held aspect of one’s identity.
The Role of Mental Health: Shrier suggests that many young individuals who identify as trans might be struggling with other mental health issues, implying a causative link. While it’s true that transgender individuals may have higher rates of mental health issues, many studies indicate these are often due to societal prejudice, discrimination, and lack of acceptance rather than being intrinsic to being transgender.
Regret After Transition: Shrier brings up cases of individuals regretting transition. While such cases do exist, they represent a small minority. A 2015 survey of over 28,000 people found that only 8% of respondents reported detransitioning, and 62% of those did so temporarily. The most common reason wasn’t regret but pressure from family, indicating societal factors play a significant role.
Medical Interventions: Shrier expresses concern about medical interventions for transgender youth. It’s crucial to note that guidelines provided by professional organizations like the Endocrine Society and the World Professional Association for Transgender Health (WPATH) recommend a careful, staged approach. They advise using puberty blockers, which are reversible, to give adolescents more time to explore their gender identity.
Rapid Onset Gender Dysphoria (ROGD): Shrier’s argument heavily relies on the concept of ROGD, a term that is not recognized by any major medical organization. The alleged condition suggests that social contagion is the reason for a sudden onset of gender dysphoria in adolescence. However, this concept has been criticized for its methodological flaws and lack of empirical evidence.
Commentary: Several inconsistencies are evident in this rebuttal. First, data are substituted by expert opinion. Second, the claim of causal directionality has not been proven. Third, the fluidity of gender identification is not consistent with a definitive assessment of regret. Fourth, the reversibility of puberty blockers has not been proven. Fifth, the lack of evidence is compounded by the censoring of studies contrary to established beliefs.
Historically, the paradigm shift from a geocentric to a heliocentric model of the solar system did not come about as a result of more data. It came about as a result of adopting a different model which did not contradict the evidence, but did contradict the dogmas of the epoch. We may be facing a similar situation today. The absolute reliance on self-reported gender identification, during such fluid time as adolescence, to apply nonreversible puberty blockers and other medical procedures in teenagers, may be seen in most (not all) cases as a misconstrued post-modern concept of the self, ignoring alternative and more rational models, such as Assagioli’s Psychosynthesis.
In a teenager confused and coached by social media influencers, who is advocating for a change in gender identity, the fluid personality of an immature conscious self, or the Higher (Transpersonal) Self?
Moreover, from an ethical perspective, a medical practitioner cannot apply a medical procedure on request from a patient without considering the four pillar of medical ethics.
Overall, the percentage of students reporting this behavior increased from 1999 to 2021. The direction of the trend line changed in 2015. There was no change, from 1999 to 2015. There was an increase from 2015 to 2021. Any indicated increase or decrease is statistically significant.
Mental illness is fairly common among children and adolescents. In fact, approximately 22% of adolescents have a severe mental impairment, according to the National Alliance for the Mentally Ill. About half of all mental illness starts by the age of 14.2 https://www.verywellfamily.com/teen-mental-health-what-parents-need-to-know-2611247
Facts about children’s mental health from 2013–2019
During this period, the most common disorders diagnosed among U.S. children aged 3–17 years were ADHD and anxiety problems, each affecting more than 1 in 11 children:
o ADHD 9.8%
o Anxiety 9.4%
Depression and suicide were a risk for older children and teens:
o Among adolescents aged 12–17 years, 1 in 5 (20.9%) had ever experienced a major depressive episode.
o Among high school students in 2019, more than 1 in 3 (36.7%) reported feeling sad or hopeless, and nearly 1 in 5 (18.8%) seriously considered attempting suicide.
o About 7 in 100,000 children aged 10–19 years died by suicide in 2018 and 2019.
Mental disorders can begin in early childhood and affect children across a range of sociodemographic characteristics. Some populations are more affected due to social determinants of health such as poverty, access to education, and geographic area, resulting in health inequities.
Adolescence is a critical period for mental, social, and emotional wellbeing and development. During adolescence, the brain undergoes significant developmental changes, establishing neural pathways and behavior patterns that will last into adulthood. 1
Because their brains are still developing, adolescents are particularly receptive to the positive influences of youth development strategies, social and emotional learning, and behavioral modeling. But adolescents’ developing brains, coupled with hormonal changes, make them more prone to depression and more likely to engage in risky and thrill-seeking behaviors than either younger children or adults. These and other factors underline the importance of meeting the mental, social, and emotional health needs of this age group.
Mental health and social and emotional wellbeing – combined with sexual and reproductive health, violence and unintentional injury, substance use, and nutrition and obesity – form part of a complex web of potential challenges to adolescents’ healthy emotional and physical development.
Facts about Adolescent Mental Health
• Approximately 20% of adolescents have a diagnosable mental health disorder.
• Many mental health disorders first present during adolescence.
• — Between 20% and 30% of adolescents have one major depressive episode before they reach adulthood.— For a quarter of individuals with mood disorders like depression, these first emerge during adolescence.— Between 50% and 75% of adolescents with anxiety disorders and impulse control disorders (such as conduct disorder or attention-deficit/hyperactivity disorder) develop these during adolescence.
The American College of Obstetricians and Gynecologists makes the following recommendations and conclusions:
• At least one in five youth aged 9–17 years currently has a diagnosable mental health disorder that causes some degree of impairment; one in 10 has a disorder that causes significant impairment.
• The most common mental illnesses in adolescents are anxiety, mood, attention, and behavior disorders.
• Suicide is the second leading cause of death in young people aged 15–24 years.