Puerto Rico sabe cuántos casos de dengue tuvo el año pasado, cuántos nacimientos, cuántas muertes y de qué. No sabe cuánto estrés soporta su población, ni si esa carga sube o baja, ni cuál de sus causas pesa más. Tampoco sabe si el país conserva la capacidad de sostenerse bajo esa carga. Son dos preguntas distintas y ninguna de las dos tiene hoy respuesta con números.
CEPUR propone dos instrumentos para responderlas. No están construidos: están diseñados, con sus dimensiones, sus fuentes y una reconstrucción razonada de veinticinco años que sirve para ver si el diseño resiste. La documentación completa está en el Anexo III de Operación Serenidad 2025.
Lo que se mide primero es el daño
El Indicador Compuesto de Estrés Poblacional (ICEP‑PR) integra en un solo valor de 0 a 100 la carga de estrés que soporta la población, sobre un supuesto que la epidemiología reconocerá sin esfuerzo: ese estrés no es un fenómeno individual, sino el resultado acumulado de condiciones estructurales, eventos traumáticos y desigualdades persistentes.
Cuatro dimensiones, cada una normalizada de 0 a 25. El estrés psicológico individual, con prevalencia de ansiedad y depresión, autoinformes, síntomas postraumáticos y alteraciones del sueño. El estrés social y comunitario, con violencia, inseguridad alimentaria, inestabilidad energética, migración forzada y cohesión. El acceso a servicios de salud mental, con tiempos de espera, población sin cobertura, hospitalizaciones y reingresos. Y la exposición a eventos traumáticos colectivos: huracanes, terremotos, apagones prolongados, pandemia, crisis económicas severas.
Ninguna de las cuatro es una abstracción. Todas tienen fuente: SAMHSA‑URS, los módulos de salud mental del BRFSS, el NSDUH, el Censo y la Puerto Rico Community Survey, FEMA, NOAA y USGS. La isla no tiene un sistema integrado de vigilancia del estrés. Tiene con qué construirlo.

Lo que resiste al daño
El ICEP‑PR mide la sombra. Falta medir la figura, y ése es el Índice de Serenidad Social (ISS‑PR): misma escala, mismas cuatro dimensiones de 0 a 25, pero con los valores altos indicando más serenidad. Salud mental y epidemiológica en positivo. Cohesión comunitaria y seguridad material. Vitalidad cultural, educativa y cívica. Resiliencia ecológica y energética.
Conviene decir de entrada lo que el ISS‑PR no es. No es el complemento aritmético del ICEP‑PR. Si los dos sumaran cien, el segundo sobraría.

El hallazgo: las dos series no se mueven en espejo
Ahí está lo menos previsible de toda la propuesta, y se ve al superponer las dos reconstrucciones del período 2000‑2025.
En 2017 y 2018 el estrés alcanza su máximo histórico y la serenidad su mínimo, pero no en la misma proporción. Mientras la salud mental se hunde, la autogestión comunitaria y la solidaridad vecinal suben, y sostienen parte del índice por debajo. En 2000‑2005 las dos series suman noventa y dos puntos; en 2017‑2018 suman ciento quince. Un país puede acumular estrés y organización al mismo tiempo.

Eso no es una anomalía del instrumento. Es el resultado. La serenidad social no consiste en la ausencia de golpes sino en la capacidad de responder a ellos sin desintegrarse, y sólo un índice que la mida por separado puede detectarlo. Ésa es la razón entera de proponer dos y no uno.
Lo que estos índices no pueden hacer todavía
Un indicador que se propone y no se examina críticamente no es una propuesta: es un adorno. Hay cuatro flancos débiles y ninguno es menor.
Los módulos de salud mental del BRFSS no se han aplicado de manera continua en toda la serie: habrá años sin dato, y habrá que interpolarlos o declarar el hueco. La muestra puertorriqueña del NSDUH sirve para tendencias y no para valores puntuales. Desde 2017 la migración masiva y el subregistro distorsionan los denominadores de población, de modo que toda tasa calculada sobre ellos en los años que siguen a María debe llevar advertencia expresa. Y la serie que se publica no es oficial: es una reconstrucción razonada, y sus valores son bandas y no cifras.
Queda un cuarto flanco, y es el mayor de todos porque no es un problema de datos sino de diseño: ninguno de los dos índices mide la demografía. El ICEP‑PR recoge la migración forzada dentro de su dimensión social, y ahí se acaba. El ISS‑PR no contiene nada demográfico en ninguna de sus cuatro dimensiones. Es una omisión difícil de defender. Y tampoco aquí habría que levantar el instrumento de cero: el Observatorio Demográfico que el Instituto de Estadísticas publica desde mayo de 2025 reúne en un solo tablero las series de fecundidad, mortalidad y migración que esa dimensión requiere.
Y conviene añadir que el diagnóstico no es nuevo. Quien esto escribe presentó en agosto de 2018, en la primera Conferencia Hispana de Salud Pública celebrada en Dorado, una ponencia titulada «Cambios en la natalidad en Puerto Rico», y volvió sobre el asunto aquí, en CEPUR, en 2023, con una imagen clínica que sigue resumiendo el problema mejor que cualquier índice: una hemorragia —la migración negativa— sin cirugía —la transformación radical del modelo económico— ni transfusión —los nacimientos— termina con el paciente. Aquella ponencia observaba ya que las cifras de defunciones devolvían al país a los niveles de la década de 1940, pero sin la fecundidad de entonces. Lo que faltaba, pues, no era advertirlo: era disponer de un instrumento que lo siguiera año tras año. A eso apunta incorporar la demografía a estos dos índices.
Los números obligan a mirarla de frente. La tasa global de fecundidad de Puerto Rico llegó a 0,9 en 2021, una de las cinco más bajas del mundo, y el trabajo de Rosario Santos, Mattei y Pericchi establece algo que cambia la interpretación: la caída ocurre en todas las edades y en todos los órdenes de nacimiento, de modo que no se trata de una posposición como en otras jurisdicciones. El crecimiento natural es negativo desde 2016. Judith Rodríguez Figueroa cifró 2024 en unos 17.300 nacimientos, el mínimo en 136 años, frente a los 91.496 de 1947. Y las proyecciones sitúan la población en torno a 2,2 millones para 2050, la mayor pérdida poblacional proyectada del mundo para ese período. La combinación de fecundidad bajo 1,0, decrecimiento natural, migración neta negativa y envejecimiento acelerado no se observa, según esos autores, en ninguna otra población del planeta.
Un país que puede perder cuatro de cada diez habitantes en medio siglo no está sereno bajo ninguna definición del término. Que ocho dimensiones de índice no lo detecten es un defecto del instrumento y no una particularidad del país.
Ninguna de las cuatro invalida los instrumentos. Todas obligan a publicarlos con su banda de incertidumbre y con la nota de qué años son observados y cuáles estimados. Un índice que ocultara sus flancos débiles sería propaganda con decimales.
Por qué añadirla es más difícil de lo que parece
Aquí conviene ir despacio, porque este material puede estropear los dos índices si entra mal.
Un índice de serenidad social no puede puntuar los nacimientos como si más fueran siempre mejor. Puerto Rico tiene una de las tasas de esterilización femenina más altas del mundo —cerca del 49,6% de las usuarias de anticoncepción, según el análisis del NIH sobre siete décadas de encuestas— y una historia documentada de cómo se llegó a esa cifra. Cualquier indicador que premiara la natalidad quedaría, se lo proponga o no, del lado de esa historia. El artículo del Colegio de Abogados y Abogadas lo formula con precisión y conviene repetirlo aquí: las políticas de población no deben construirse sobre metas numéricas, y toda persona conserva el derecho a decidir libre y responsablemente el número y el espaciamiento de sus hijos.
De modo que la demografía tiene que entrar como consecuencia y no como meta. Que un país pierda población no es en sí un fallo moral de nadie; es una señal. Lo que un índice puede legítimamente preguntar no es cuántos hijos tiene la gente, sino si tiene los que quería.
El indicador que resuelve el problema
Hay uno, y es éticamente neutro: la brecha entre los hijos deseados y los hijos tenidos.
La encuesta de intenciones reproductivas de 2024, con 1.147 personas de 18 a 44 años, muestra que las mujeres con hijos que no quieren tener más ya tienen los que deseaban, y que las razones económicas que se alegan para no tenerlos son de carácter general —el estado de la economía, el costo de la vida— y no individuales. Las dificultades de crianza y educación apenas explican un 5%. Ese matiz lo es todo. Si la gente tiene los hijos que quiere, no hay déficit que medir y el índice no debe penalizar nada. Si quiere tenerlos y no puede por las condiciones del país, entonces sí hay un fallo de las condiciones, y detectar fallos de las condiciones es precisamente la función que este índice se atribuye.
Medida así, la demografía deja de ser un asunto de natalidad y pasa a ser lo que siempre fue: un indicador de si un país ofrece a su gente vida suficiente para querer continuarla. Con ese encuadre —y sólo con ese— entraría como quinta dimensión del ISS‑PR, o como componente de la segunda, junto a la seguridad material.
Queda dicho, además, que este trabajo no habría que empezarlo de cero ni desde fuera. Angélica M. Rosario Santos es catedrática del Departamento de Bioestadística y Epidemiología de la Escuela Graduada de Salud Pública del Recinto de Ciencias Médicas, y Judith Rodríguez Figueroa —de quien es la cifra de 2024— dirigió en ese mismo recinto el Departamento de Ciencias Sociales y murió en agosto de aquel año. Sus estudios de los años ochenta sobre envejecimiento poblacional describieron con cuarenta años de antelación el país que hoy se discute, y conviene decirlo porque es la prueba del argumento entero: alguien midió a tiempo, y el país no actuó. La demografía puertorriqueña que hace falta para esto ya se está haciendo, y se está haciendo aquí.
Por qué importa publicarlos
Hay un precedente y es puertorriqueño. En 1957 Guillermo Arbona regionalizó los servicios de salud partiendo de un diagnóstico causal —que la fragmentación del sistema era ella misma una causa de enfermedad y de muerte— y diseñó la intervención que ese diagnóstico exigía. No fue administración: fue causalidad aplicada. Medir no es tecnocracia. Un índice no sustituye al juicio; le da algo sobre lo que ejercerse.
Si el ISS‑PR llega a existir y se publica cada año, dentro de una década podrá saberse si algo de lo que se sostiene aquí era cierto. Y si resulta que no lo era, quedará constancia.
El detalle operativo —el inventario de indicadores por dimensión, el catálogo de fuentes por agencia, las dos series con su contexto fase por fase y sus gráficos, y el directorio de las dieciséis organizaciones puertorriqueñas que ya trabajan en esto— está en el Anexo III de Operación Serenidad 2025.
De dónde vienen estos índices
Nadie construye un índice desde cero, y conviene declarar la ascendencia de éstos porque de ella dependen tanto su plausibilidad como sus límites.
El ICEP‑PR desciende de la carga alostática, el concepto que McEwen y Stellar formularon en 1993 para nombrar la huella fisiológica que deja el estrés crónico. Arline Geronimus lo convirtió en instrumento poblacional con su hipótesis del weathering —el desgaste diferencial que sufren las poblaciones sometidas a adversidad sostenida— y en 2006 publicó en el American Journal of Public Health puntuaciones de carga alostática por edad y grupo sobre datos del NHANES. Ahí está enunciado el supuesto entero de este índice: que el estrés no es un estado individual sino un residuo estructural, y que un residuo se puede puntuar.
El ISS‑PR desciende del BRIC —Baseline Resilience Indicators for Communities—, que Susan Cutter y su equipo de la Universidad de Carolina del Sur publicaron en 2010: cuarenta y nueve indicadores agrupados en seis dimensiones, sobre el marco teórico DROP, que entiende la resiliencia como proceso condicionado por lo que ya había antes del golpe. Es el método de medición de resiliencia comunitaria más replicado que existe, con adaptaciones nacionales en Inglaterra y en Noruega. La arquitectura de cuatro dimensiones normalizadas que se propone aquí es una simplificación reconocible de esa familia, ajustada a los datos que Puerto Rico efectivamente tiene.
Y la dimensión que más expuesta queda —la vitalidad cultural, con lo que este proyecto llama espiritualidad cívica— tampoco es una invención. El Índice de Felicidad Nacional Bruta de Bután incorpora desde hace décadas dominios de bienestar psicológico y de diversidad y resiliencia cultural; el Índice de Progreso Social mide 57 indicadores en tres dimensiones que van deliberadamente más allá de la economía; y el informe de la comisión Stiglitz‑Sen‑Fitoussi de 2009 es el documento que legitimó todo este campo al demostrar que el producto interno bruto mide mal aquello que decimos que nos importa.
Y el linaje puertorriqueño, que es el que obliga
Puerto Rico no llega virgen a esta discusión, y hay que decirlo con nombres.
Glorisa Canino levantó en 1984 la primera muestra probabilística de toda la isla aplicando la Diagnostic Interview Schedule en español, y de ahí arranca una tradición que la propia ASSMCA balanceó en su revisión de veinticinco años de epidemiología psiquiátrica puertorriqueña. Después de María, Orengo‑Aguayo y su equipo tamizaron a 96.108 escolares y encontraron que un 7,2% presentaba síntomas de trastorno de estrés postraumático clínicamente significativos. Eso no es una propuesta de medir el estrés poblacional: es haberlo medido, aquí, a una escala que pocos países alcanzan.
Y hay algo más, que obliga a matizar la propuesta y conviene mirar de frente. Desde 2023 el Negociado del Censo publica las Community Resilience Estimates para Puerto Rico, con datos de 2024 divulgados en mayo de 2026. Son estimaciones de vulnerabilidad social por municipio y por sector censal, construidas sobre diez indicadores de la Puerto Rico Community Survey e integradas con el National Risk Index de FEMA. Es un índice compuesto, es oficial, es anual y es puertorriqueño. Ya existe.
De modo que la pregunta correcta no es si hace falta un índice, sino qué añade éste a lo que ya se publica. La respuesta es acotada y por eso defendible: las Community Resilience Estimates miden vulnerabilidad ante desastres, no serenidad, y no contienen participación cultural, ni vida asociativa, ni autonomía energética comunitaria, ni nada parecido a lo que aquí se llama espiritualidad cívica. Miden lo que puede romperse. No miden lo que sostiene.
Lo cual sugiere lo obvio, y es la consecuencia práctica de todo este párrafo: la CRE‑PR no es sólo una cita, es un insumo. Su medida de vulnerabilidad social por municipio puede alimentar directamente la segunda dimensión del ISS‑PR, que hasta ahora figuraba como fuente por construir. Un índice que se apoya en una serie oficial existente es más barato de levantar y más difícil de descartar.
Nota de corrección al libro impreso, 10 de agosto de 2026. El capítulo «Medir la serenidad» de Operación Serenidad 2025 afirma que el Índice de Serenidad Social «sería el primer índice del país» que combinara sus componentes. Esa formulación es demasiado ancha y queda corregida aquí: el Negociado del Censo publica desde 2023 las Community Resilience Estimates para Puerto Rico, que son un índice compuesto oficial y anual. Lo que puede sostenerse, y es lo que el libro debió decir, es que ningún índice puertorriqueño existente combina en una sola escala salud mental, cohesión comunitaria, vitalidad cultural y resiliencia energética. La edición impresa conserva su texto; las correcciones y actualizaciones de este libro se publican en cepur.info.
Bibliografía
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